En Brasil la derecha está representada por la Socialdemocracia, cuyo líder, Aécio Neves pertenece a una antigua familia de políticos – uno de ellos Tancredo Neves, fue el primer Presidente de Brasil luego de la dictadura – y es un “playboy”, casado con una famosa modelo. Por cierto, en Brasil, a diferencia de Chile, no existe un partido de extrema derecha – como la UDI – y la Socialdemocracia brasileña sería equivalente a la derecha de la Concertación o a la Fuerza Pública – de Andrés Velasco -. El mentor de Neves es Fernando Enrique Cardoso, una especie de personaje, similar a Ricardo Lagos, tanto en lo de pavo real, como su adhesión al neoliberalismo.
La literatura política de comienzos del siglo XX tendió a identificar la democracia directa con los regímenes autoritarios. Max Weber la relaciona con el tipo de dominación carismática, es decir, que exalta el poder de un gobernante demagogo o de un populista, falso salvador de la nación. Esta concepción ha sido superada en el siglo actual: en primer lugar, la democracia representativa – sea de regímenes parlamentarios, semipresidenciales o presidenciales – ha perdido el prestigio del cual gozó desde comienzos del siglo pasado; en segundo lugar, la democracia directa ha demostrado no ser el método propio de los dictadores, sino una forma muy eficaz de hacer partícipes a los ciudadanos del gobierno de un país.
Más del 60% de los ciudadanos chilenos, según la última encuesta MORI, demuestran un marcado grado de desafección a la clase política, a las instituciones del Estado y a la participación electoral. Así, de continuar esta crisis de legitimidad, los procesos electorales se limitarán a un sufragio del 40% del universo electoral, y los presidentes de la república tendrían, apenas, el apoyo del 25% de los inscritos en los registros electorales. Por consiguiente, debemos reconocer que carecemos de una democracia de calidad que se ha degenerado, en muchos aspectos, en una oligarquía plutocrática, caracterizada por la ausencia del concurso ciudadano, elemento protagónico de la soberanía popular.
El cinismo – recordemos, no es equivalente a hipocresía, sino lo contrario, pues el primero corresponde a desfachatez y, el segundo, fingimiento, disimulo, falsedad – del abogado defensor de Cristián Labbé, Cristián Espejo, “llega a un grado heroico”, como decía el historiador Francisco Antonio Encina, al sostener, ante la Corte de Apelaciones de San Miguel, que su defendido sólo cumplía labores de profesor de gimnasia, asignadas por el ejército, en unas cabañas ad hoc, expropiadas por el jefe de la DINA, Manuel Contreras. Al abogado Espejo sólo le faltó decir que su defendido nunca había pisado el regimiento de Tejas Verdes, lugar donde se reclutaron muchos agentes de es temible institución.
No hay caso: la UDI no se puede despegar de su devoción por la dictadura, pues apenas llegado el ex coronel Cristián Labbé al regimiento de telecomunicaciones, en Peñalolén, la directiva de ese partido, presidida por Ernesto Silva, se apersonó en el lugar para testimoniarle su solidaridad – que sería comprensible -, sino también para criticar a la justicia sosteniendo, nada menos, que en Chile no había igualdad ante la ley, pues se perseguía, injustamente, a los militares violadores de los derechos humanos – digo yo-, aprovechando la presencia de los periodistas de los distintos medios de comunicación para seguir culpando a la Nueva Mayoría, en especial al Partido Comunista, de la implacable persecución en su contra – al parecer, la UDI padece de crisis de pánico y paranoia -.
A partir de la huida de Gonzalo Sánchez de Lozada, en el año 2003, asistimos a una profunda revolución en Bolivia: con la emergencia de Evo Morales y su partido, el MAS, los pueblos originarios, que constituyen la mayoría de los habitantes del país, adquieren un protagonismo que era inimaginable en la Bolivia racista y clasista de los gobiernos neoliberales, hubieran sido militares o civiles, pero que siempre estuvieron al servicio de una pequeña casta político-económica oligárquica.
La élites plutocráticas necesitan de legitimidad para mantener su poder con respecto a las clases subalternas. La oligarquía chilena siempre ha inventado una especie de relato, avalado por los historiadores y políticos conservadores, mediando el cual se presenta a los caballeros de Chile como gente honesta, de costumbres frugales, muy católicos y fríos. Por ejemplo, los mitos de Diego Portales como un servidor del Estado, que carecía de dinero – incluso para comprar cigarrillos -, o el de los Montt que, desde la rural Petorca, alcanzaron el más alto nivel del Estado. Toda élite, necesariamente tiene construir su propia epopeya para legitimar la dominación.
La simple lectura del fallo contra el sacerdote John Joseph O´Reilly no puede sino estremecer a cualquier persona bien nacida: la pederastia, además de ser un delito repugnante, es un monstruoso abuso de poder de un adulto hacia una niña de seis años – edad que tenía cuando el cura abusó sexualmente de esta niña indefensa -. La condenación ha sido posible gracias al valor de la niña agredida y de su familia, que no cejaron en mantener la querella y de defender los derechos que les asistían, a pesar de una campaña mediática sin precedentes, por parte de los “millonarios de Cristo”, para salvar a su líder “espiritual” – en la época de Ricardo Claro, cuando era dueño de Mega, celebraba misa todos los domingos en ese Canal -.
El neoliberalismo no corresponde a la ciencia económica, ni tampoco es un mero pragmatismo: el tema de “el fin de las ideologías” es una mera especulación, sin ningún asentamiento en la realidad. El neoliberalismo, según mi amigo Jorge Vergara, uno de los especialistas connotados sobre el tema, es una utopía – agrego, una de las más radicales del mundo contemporáneo – y como tal, tiene una serie de concepciones rígidas y principios dogmáticos que, para sus apologistas, no pueden ser cuestionados.