
El carisma puede ser muy útil para ganar elecciones, pero no siempre para gobernar. Si recurrimos a la historia, podemos probar que presidentes de la república carismáticos, como Carlos Ibáñez del Campo, “el General de la esperanza” logró una alta votación, en 1952, y terminó sin apoyo popular al final de su gobierno; algo similar ocurrió con Eduardo Frei Montalva, y su partido democratacristiano que, de contar con más de 80% – más de la mayoría absoluta – y del 40% de votación, resultado que nunca había obtenido ningún partido político en Chile. Si nos acercamos más en el tiempo, su hijo, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ganó con el 58% de los votos – un récord en la historia política, chilena – y terminó su gobierno con el más alto nivel de rechazo de los presidentes de la Concertación.
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