
La corrupción no sólo se limita a la casta política y empresarial, sino que también se extiende a la iglesia que, en vez de proteger la rica doctrina evangélica, trazada por Jesús, se dedica a promover a pastores indignos, como es el caso del recién nombrado Obispo de Osorno, Juan de la Cruz Barros Madrid, uno de los discípulos predilectos del degenerado cura, Fernando Karadima, que escapó de ser condenado por la justicia chilena, basada en la prescripción de sus delitos de pedofilia y abuso de poder. La iglesia católica sí lo condenó a una vida de silencio y retiro, que ni siquiera cumple a cabalidad.
Más de algún miembro de las castas políticas que nos gobiernan habrá leído, en Cachagua o Zapallar, que los fiscales italianos lograron destruir los partidos democratacristiano, socialista y comunista, que gobernaron Italia desde la caída de Benito Mussolini, a causa de la corrupción interna en que habían incurrido los principales dirigentes de estos partidos – hoy estas tres grandes combinaciones políticas históricas están muertas y, en su reemplazo, surgió el Partido Democrático que agrupa a ex militantes de esos mismos partidos políticos -. A veces basta uno o más fiscales probos para echar por tierra un régimen político moralmente podrido – como lo devino el sistema político italiano de posguerra -.
Cada día se descubre nuevos prohombres caraduras por parte de las aún dos castas en el poder, y si los chilenos no fuéramos tan indolentes hace mucho tiempo que los hubiéramos arrojado de sus cargos – logrados sobre la base de trampas imperdonables -. Un país con el lema peculiar “pituto o muerte” no merece ningún respeto y que además, un político sea sinónimo de ladrón no es broma, pues está develando una sociedad basada en el abuso, la corrupción, la codicia, en fin, la podredumbre de los plutócratas que detentan el poder. Pero más temprano que tarde, “llegará el día de rendición de cuentas”.
Que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente es, además de una verdad irrefutable, un lugar común. En una plutocracia, que las élites sean corruptas es casi tan “natural” como el ocaso cotidiano y nunca hay que confundir la democracia electoral con la democracia substantiva, pues al no existir formas de participación directa de la ciudadanía, los representantes hacen lo que quieren violando así la voluntad de quienes los han elegido, de esta manera, la soberanía popular se convierte en un solo espantapájaros – mucho de esta corrupción está ocurriendo con el parlamento chileno -. Veamos: hasta ahora. Al menos, hay dos senadores Ena von Baer e Iván Moreira – cuyos cargos serían ilegítimos en cualquier democracia que se precie de tal – en que ambos “padres conscriptos” recurrieron a artimañas fraudulentas sobre la base de boletas, evidentemente falsas, emitidas por terceras personas, y es muy posible que el dinero mal habido, recibido directamente de la “caja pagadora” llamada Penta, les haya permitido ganar las elecciones; en la Cámara de Diputados ocurre otro tanto con el Ernesto Silva y, ahora, con el diputado “gutista”, Roberto León.

¿Expulsión o plebiscito?
En Chile, la única ley que existe es la del embudo, pues el Estado de derecho es un verdadero sarcasmo, y hablar de igualdad ante la ley, francamente, produce hilaridad. Si no existiera “el peso de la noche” – una inconsciencia permanente de muchos analfabetos políticos y funcionales – hace mucho tiempo que estas castas políticas, empresariales y religiosas habrían sido expulsadas con una patada en el trasero. En un solo día se lee en la Prensa investigativa –CIPER Chile, por ejemplo – la existencia de tres escándalos, protagonizados por los poderosos de Chile: El PentaGate-UDI, el NueraGate y los dineros depositados por los más ricos del país en paraísos fiscales – estos últimos, descubiertos por una denuncia ante el gobierno francés, que está realizando una indagación acerca de dineros en países como Suiza y, además, en las Islas Vírgenes, lugar predilecto para las inversiones de los millonarios chilenos.
Los Pelambres, una mina de posesión de la familia Luksic – una de las más acaudaladas de Chile – ubicada en el Valle de Choapa, cuyo relave está envenenando a un conjunto de poblados agrícolas de este Valle transversal de la IV Región, a causa de la contaminación de las aguas de vertientes y ríos que, otrora, permitía la sana convivencia entre el hombre y la naturaleza. Con el descubrimiento del escándalo de proporciones insospechadas de Penta-UDI se hace cada día más evidente que los dueños de Chile hacen lo que quieren con los políticos, sean del Parlamento o del Ejecutivo. Sabemos que Penta es la “caja pagadora de la UDI”, como también que los Luksic y otros potentados son también los “San Expedito” de la Concertación, hoy Nueva Mayoría, – baste citar el “creditazo” otorgado por el Banco de Chile a la nuera de la Presidenta de la República -.
Durante el primer gobierno de Perón se descubrió el caso de Juancito Duarte – hermano de Evita y secretario del Presidente – quien había incurrido en graves delitos financieros, pero un buen día fue encontrado muerto en su departamento y, hasta ahora, se ignora si fue suicidio o asesinato.