
El abuso de sacerdotes, políticos y grandes empresarios es, quizás, uno de los hechos que más indigna a los ciudadanos, pues los despoja de su dignidad y, sobre todo, atenta contra la igualdad, que debiera ser la base imprescindible de la democracia. Veamos algunos casos de esta lacra: los pedófilos de Cristo, por ejemplo; el cura John O´Reilly luego de haber manoseado sexualmente a niñas inocentes, fue condenado, apenas, a una libertad vigilada, que le permite pasar sus vacaciones en casa de algunos de los millonarios de Chile – sus protectores – y continuar con su labor sacerdotal como si no hubiese cometido ningún delito -. No ha pedido perdón, menos el intento de reparar el daño causado, pues dentro de la “Puta de Babilonia” los pedófilos son los reyes -; se sabe también que, por influencia del cardenal de Santiago, Ricardo Ezzati, se ha nombrado como obispo de Osorno a Juan Barros, un encubridor de los abusos del cura Fernando Karadima.
Esta célebre frase del Fiscal Carlos Gajardo es la mejor pintura de la anomia que caracteriza la sociedad chilena actual. Bajo los antivalores predominantes de las castas en el poder económico-político, el rol de la empresa y de sus propietarios no consiste en dar trabajo, crear bienes y servicios para toda la comunidad, contribuir al progreso de nuestro país – con ribetes de cinismo como lo afirmaba Carlos Alberto Délano, hoy huésped de honor en la cárcel Capitán Yáber – sino que siempre buscar la mayor rentabilidad personal posible, alfa y omega de su actuación y su único ethos.
El conflicto de Los Pelambres, una mina de posesión de la familia Luksic – una de las más acaudaladas de Chile – ubicada en el Valle de Choapa, surge porque sus relaves están envenenando a un conjunto de poblados agrícolas de este Valle transversal de la IV Región a causa de la contaminación de las aguas de vertientes y ríos. Con el descubrimiento del escándalo de proporciones insospechadas de Penta-UDI se hace cada día más evidente que los dueños de Chile hacen lo que quieren con los políticos, sean del Parlamento o del Ejecutivo. Sabemos que Penta es la “caja pagadora de la UDI”, como también que los Luksic y otros potentados son también los “San Expedito” de la Concertación, hoy Nueva Mayoría. Baste citar el “creditazo” otorgado por el Banco de Chile a la nuera de la Presidenta de la República .
Históricamente, el fuero parlamentario servía para proteger a los representantes del pueblo, legítimamente elegidos, en su labor de fiscalizar y denunciar los abusos del poder monárquico – en el caso de la república, del poder presidencial -. Por otra parte, la dieta se utilizaba para evitar que solo los ricos pudieran llegar al parlamento.
La pregunta de Gonzalo Zabala, en Conversaciones en la catedral, del escritor Mario Vargas Llosa, respecto al Perú, es perfectamente aplicable a nuestro país: ¿en qué momento comenzó a joderse la casta política? La respuesta no se hace esperar: desde el mismo momento en que la Concertación, triunfante en el plebiscito de 1988, comenzó a transar con la dictadura.
La corrupción en Chile se ha convertido en el pan cotidiano: cada día, un aparece un nuevo político o un empresario acusado de fraude valiéndose, entre otras artimañas, de boletas falsas. Un mal médico diagnosticaría que Chile es uno de los países menos corruptos de América Latina –“mal de muchos, consuelo de Tontos” -, con la salvedad de que hay que considerar con quienes nos comparamos. ¿Quién se atrevería a afirmar que en México impera la democracia desde Plutarco Díaz Calles, (1920), hasta Enrique Peña Nieto, actual Presidente? ¿No es más bien una “dictadura perfecta”, como la definía Mario Vargas Llosa, antes de convertirse a la doctrina del neoliberalismo? ¿Quién definiría como un país democrático a la Colombia de los años del narcotráfico y del gobierno de Álvaro Uribe? ¿O de Ecuador, antes de estabilizarse la democracia con Rafael Correa?
Días antes del golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973, Radomiro Tomic escribía que “lo que está ocurriendo en Chile es parecido a las tragedias griegas, pues todos los personajes dicen no desear el derrumbe de la democracia, pero todos hacen lo posible para llegar a este fatídico destino”. Algo similar está ocurriendo en el Chile de hoy: todos los políticos se “esfuerzan” en colaborar, a través de escandalosas sinvergüenzuras, producto de la codicia, la ambición de poder, las malas prácticas, los personalismos, los intereses personales sobre el bien común, en la banalización de la democracia, dejándola cada día más vulnerable. Es preciso distinguir entre la inmoralidad, amoralidad y la anomia y, personalmente, pienso que Chile está viviendo esta tercera situación, tan bien descrita por Durkheim: “Nuestro suicidio social va a ser más bien egoísta que altruista…”.