No sé cuándo ni cómo se le fue a ocurrir a Pedro de Valdivia instalar un asentamiento humano en un territorio tan convulsionado por unos fenómenos naturales que hacen muy difícil la vida : en un lapso muy corto, pasamos de terremotos y/o maremotos, a inundaciones, a erupción de volcanes – que en Chile hay por centenas y todos muy jóvenes -, pero la tragedia se transforma en farsa cuando comienzan a repetirse los mismos lugares comunes, es decir, que Chile es un país sísmico, desértico, volcánico y otros, y que, por consiguiente, debiera existir una política de diagnóstico permanente, así como planes de emergencia debidamente estructurados. En todos los casos de siniestro terminan pagando los jefes de la ONEMI, el ministro del Interior e incluso, el Presidente de la República de turno por negligencias e incapacidad ante los desastres, en este caso, surgidos desde las entrañas de la tierra, o del “mal criterio” de quienes fundaron un país en un lugar donde la naturaleza se niega a ser amigable con el hombre.
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