
Para responder a esta pregunta se puede recurrir a varias explicaciones: 1) Chile es un país de mercachifles, cuyo único interés es vender y comprar – los fenicios de América Latina -; 2) hemos tenido, en todos los gobiernos, una pésima política hacia nuestros países vecinos; 3) quizás nos consideren como el mejor alumno, pero el peor compañero, por prepotencia, avaricia y egoísmo; 4) tal vez la más importante causa de rechazo de peruanos y bolivianos, según mi opinión, es que a pesar de haber transcurrido más de 130 años de la Guerra del Salitre, los resentimientos de los ciudadanos de estos pueblos continúan con las llagas abiertas y no se vislumbra, aún su cicatrización definitiva.
Este filósofo alemán, autor de El espíritu de la utopía, vestigios y el principio de la esperanza, (1959) y de muchas otras obras maestras, que sería largo de citar en esta columna, fue uno de mis autores predilectos cuando orientaba mi búsqueda en el “diálogo entre marxistas y cristianos bajo la idea de los horizontes de utopía”. Hoy, de solo pensar en los sueños despiertos viene a convertirse en una verdadera herejía: de inmediato, eres clasificado de marxista, anarquista y hasta iluso y soñador.
Alguna vez alguien dijo que la vejez es como “una isla rodeada en un mar de recuerdos”. Esta vez me voy a entregar a la nostalgia y prometo no reincidir en el intento. La noche última, muy dolido por la crisis de la Iglesia y de otras instituciones de mi país y, parafraseando a Miguel de Unamuno, podría decir que “me duele Chile”. La historia demuestra que, luego de las graves crisis institucionales asoman, en muchos casos, personajes monstruosos – Silvio Berlusconi, en Italia, el cómico y medio militarista, en Guatemala, y para qué seguir -. No es cierto que todos los jueces cometan prevaricación; que todos los políticos sean corruptos y ladrones; que todos los curas sean pedófilos y chupamedias de los ricos; es casi seguro que “el poder corrompa y que el poder absoluto corrompa absolutamente” pero, por regla general, en cada una de estas instancias siempre encontramos personas honestas e, incluso, proféticas.
La corrupción instalada en varios países de América, en vez de provocar la rebelión popular, produce apatía, desesperanza e inmovilismo en los ciudadanos, pues llega un momento en que el diagnóstico es evidente: todos los políticos son ladrones, todas las instituciones son corruptas, y votar por uno o por otro candidato sea en blanco, nulo o abstenerse da lo mismo. Este escenario de indolencia generalizada podría ser caracterizado como una “nihilismo” electoral.
En la monarquía presidencial chilena cuando el rey o la reina sufre un percance pierde popularidad, se debilita el régimen político en su totalidad y se cae, por lo tanto, en lo que algunos audaces analistas denominan “vacío de poder”. Esta es la consecuencia fundamental del presidencialismo absolutista borbónico chileno, pues no existe ningún fusible al cual eliminar a fin de tratar de salvar el sistema político. En un régimen parlamentario o semipresidencial bastaría con cambiar al Primer Ministro para tener un gobierno completamente nuevo.
Antiguamente, cuando la DC era un partido progresista, a la derecha la gustaba echarle en cara que eran “compañeros de ruta” o bien, tontos útiles al servicio del comunismo – seguramente en un viaje Santiago-Puerto Montt “sólo llegaría hasta Chillán” -. Al ex vocero Francisco Vidal le encanta acusar de “pionetas” a los derechistas que aleonan a los camioneros. En el caso de la Democracia Cristiana actual, convertido en un partido reaccionario, muy lejos de los principios que inspiraron a este partido, el famoso dicho de “compañero de ruta” es completamente distinto y, con todo respeto, los comunistas en el mundo tienen ahora muy poco peso, una vez terminada la guerra fría, y sólo los paranoicos derechistas le tienen miedo – lo que equivale a decir que no entienden nada de lo que está ocurriendo y así, se suman a la caterva de analfabetos políticos -.

