La destitución del intendente Francisco Huenchumilla demuestra, una vez más, que este gobierno, ni los anteriores, no entienden nada del problema mapuche, y lo centran en un tema policial o de pobreza, lo cual es un absurdo; habría que agregar el hecho de que las monarquías centralistas pretender dirigir Chile desde Santiago, la capital, así la única manera de entender por qué intendentes y gobernadores son títeres, manejados por el presidente de la república y por el ministro del Interior. Francisco Huenchumilla era la excepción dentro de este conjunto de hombres incapaces y serviles que representan al poder político en las distintas regiones.
Tanto su hijo biológico como el político – Sebastián Dávalos y Rodrigo Peñailillo, respectivamente – no han dejado tonterías y pillerías por hacer: el primero, nunca se va a comprobar si es sonso, “Macabeo”, pillo o un genio de la estafa; el segundo es, a ojos de la sociedad, aún más peligroso que el primero, pues se había convertido en el líder indiscutido de apoyo a la Presidenta, una especie de Potenkin de la zarina Catalina II, pero el desafortunado Peñailillo ni siquiera va a tener un acorazado que recuerde su nombre – a lo mejor, terminará encerrado en Cabrero, jugando al galán rural, en la plaza del pueblo -.
Antes la Falange y ahora la Democracia Cristiana siempre han sido partidos políticos de centro y han pretendido representar a las capas medias. En “centro” era el pantano de la revolución francesa y, de ahí en adelante, ha sido difícil precisar qué representa en verdad: el centro izquierda, por ejemplo, dominó la III y IVRepública francesa, y lo unía el anticlericalismo y, con respecto a clase obrera, sus políticas eran bastante reaccionarias – el centro izquierda lo conformaban los radicales, el MRP (similar a la Democracia Cristiana) y los socialistas -. La política colonial de este conglomerado fue un verdadero desastre, razón por la cual posibilitó el triunfo de la V República.


Chile es un país donde los hipócritas abundan, sobre todo entre los pechoños” – a Dios rogando y con el mazo dando”-. Ninguna mujer aborta por gusto, pues son situaciones límites que las conducen a optar por tan drástica medida. Hay que ser muy cruel para conducir a la cárcel, por ejemplo, a una niña violada por su padrastro – como ocurre muy a menudo, sobre todo, en los sectores más vulnerables – como también es inhumano el condenar a prisión a mujeres que abortan por llevar en su vientre un feto inviable.
Juro que dejaré de llamar a nuestro país Estupidilandia el día que, al menos, exista verdad y justicia para los familiares de Detenidos Desaparecidos. La memoria histórica es muy diferente de la historiografía, que es escrita por los historiadores de oficio; la memoria histórica se transmite, de generación en generación, guardando el recuerdo de los crímenes e injusticias que los poderosos propinan a los pobres y a los que piensan distintos. El historiador, generalmente, es un personaje cortesano: en muchos casos transmite lo que la casta desea, por el contrario, los cultores de la memoria histórica popular – periodistas y educadores, en el enclave salitrero – muestran las rebeldías de aquellos que no quieren ser borregos.
Hitler ha asido objeto de todo tipo de investigaciones e hipótesis psicológicas: que era golpeado por padre, un aduanero austriaco; que adoraba a su madre Clara y culpó a un médico judío de su temprana muerte; que sus ascendientes eran semitas, y así podríamos ocupar miles de páginas, con teorías muy atractivas, en especial, para los visitantes de internet, para tratar de explicar la maldad de un tirano. Camus, por su parte, hizo un buen retrato psicológico de Calígula que, al descubrir el absurdo de la existencia humana, tomó el camino de la maldad hecha carne y sangre. Una vez muerto el Mamo Contreras, van a aparecer miles de análisis psicológicos sobre su maléfica personalidad; ya se dice que su madrastra lo despreciaba y maltrataba, ahí reside el posible origen del odio hacia sus semejantes y el nulo valor que le daba a sus vidas. Uno de los aportes fundamentales de Hanna Arendt es el concepto de “la banalidad del mal”, al describir la personalidad del asesino Eichmann, persona común y corriente, bastante simplón e ignorante, pero muy eficiente para llevar a cabo la gasificación de millones de judíos.