De existir en Chile un potente, valiente, imaginativo y consciente movimiento de trabajadores, una Central Unitaria por ejemplo, las calles ya estarían ocupadas por centenares de miles de emputecidos asalariados que exigirían no solo que se termine la sinvergüenzura que ya escala con rasgos estructurales, es decir, culturales, sino que se termine de inmediato toda operación política y/o de inteligencia para evitar que pescados y pescadas grandes, salgan al baile de la corrupción que ha abusado de sus poder durante un cuarto de siglo para burla de la gente.



Los casos Penta, Soquimich y Dávalos (Caval) han tenido, al menos, la virtud de demostrarnos al conjunto de la sociedad chilena que la corrupción constituye un elemento fundamental de ella. Que la colusión entre los grandes grupos económicos y la dirigencia política duopólica (Alianza-Concertación) está completamente institucionalizada desde hace muchos años. A tal grado, que los políticos y empresarios ¡ni siquiera son capaces de darse cuenta de la anormalidad del fenómeno! ¡Lo toman como algo natural!
Los proyectos políticos de dimensión histórica, como lo ha sido la transición chilena a la democracia, dan lugar a una elite gobernante que el cientista político italiano Gaetano Mosca denominó “clase política”.

Según informa la prensa, personal policial (carabineros) allanó anoche el Palacio Presidencial de La Moneda en busca de computadores de Sebastián Dàvalos, hijo de la presidenta, en el marco de una investigación judicial por el delito común de tráfico de influencias.