Las movilizaciones y protestas tienen en gran mérito de hacernos descubrir que los problemas del país no son puntuales y que en todos ellos se demuestra la existencia de un modelo político y económico fatigado cuya vigencia hace imposible resolver a cabalidad las demandas educacionales, laborales, medioambientales y otras.
Si estudiáramos, aun cuando fuera superficialmente, nuestra historia política electoral, podríamos comprender que cuatro senadores de derecha pasan a ocupar cargos de ministros y sean reemplazados, a dedo, por las directivas de los respectivos partidos. Más de dos millones de ciudadanos,
Es ahí donde reside el problema que tenemos, cuyo enunciado quedó escrito en el título de esta nota. Suerte que por estos días ha quedado ratificado por los resultados que la encuesta Adimark midió entre los ciudadanos chilenos presuntamente representados:
“El progreso y la construcción de una sociedad de más justicia y menos desigualdades no se ha logrado en ninguna parte del mundo por vía de la violencia. Existen dos caminos: el diálogo y la violencia y en eso no nos vamos a cansar nunca de privilegiar la comunicación para solucionar los problemas que nuestra sociedad tiene. En ninguna parte del mundo se ha logrado reducir las desigualdades por la vía de la violencia”.
La derecha no sabe gobernar en condiciones democráticas. La derecha y la democracia son divergentes. No se logran encontrar. En otros tiempos, los desórdenes de los estudiantes habrían sido acallados con métodos mucho más eficaces que lo usados hasta ahora. No habría habido el escándalo de las
El repentino ataque de demócratas que han sufrido los principales mandamases del gobierno, no auguraba nada bueno. Resultaba del todo sospechoso que desde las más altas esferas se haya escuchado decir que los estudiantes tienen razón y que son necesarios cambios de fondo, incluidas reformas constitucionales.
Pasado, presente y futuro.
En su afán de congraciarse con Piñera, que lo ha elevado a la altura de un Presidente arquetípico, Aylwin ha vuelto a las suyas.
Las diferencias de religión, cultura, raza, ideología suelen provocar tensiones personales que cuando hay inestabilidad material y se ha hecho una propaganda política de odio pueden transformarse en fobias de masas.
Hace algún tiempo el ex presidente del Perú, Alan García, calificó a nuestro país de “Republiqueta”, por la falta de decoro en algunos de nuestros procederes y procedimientos en la arena diplomática. En la ocasión, muchos de nuestros pro hombres de la vida política nacional rasgaron vestiduras ante un calificativo considerado como ofensivo. Sin embargo, no es ocioso volver a revisar la cuestión a la luz de algunos comportamientos recientes de los cuales hemos sido testigos.