Es interesante advertir cómo una fecha como el Primero de Mayo que marcaba la calendariedad política del país, y del mundo, ha ido perdiendo su espesor y su significado. El mundo de los trabajadores, por decirlo así, ha sido desplazado del universo simbólico contemporáneo. En nuestro país, este fenómeno pareciera más acelerado y profundo que en otras latitudes.
La crisis global ha puesto en entredicho el orden económico que prevaleció desde la Segunda Guerra Mundial. Hoy es evidente que el papel hegemónico del dólar estadunidense no es sostenible.
Sucedió lo que se pensó nunca ocurriría: la calificadora Standard & Poor’s (S&P) modificó su perspectiva de estable a negativa sobre los títulos de deuda estadunidense. La agencia mantuvo la calificación triple A para los bonos relacionados con esa deuda, pero técnicamente su nueva postura anuncia que hay 30 por ciento de probabilidad de que en los próximos dos años Estados Unidos pierda su calificación triple A.
He estado utilizando los opuestos superficie y abisal o fondo de la crisis, para referirme a los hechos devastadores de la crisis que están a la vista, y a los análisis estructurales de largo plazo que saben mirar al topo escarbar debajo de la superficie, más allá de las voluntades de los actores económicos incluidos los buitres financieros que se han enriquecido aún más en medio del desastre, respectivamente.
Para nadie es un secreto que Chile cuenta con uno de los sistemas de educación superior más caros del mundo y esto no es casual, es simplemente producto de políticas que hace más de 20 años vienen “privatizando” la educación. La llamada “privatización” de la educación superior, se refleja en los altos aranceles que hoy se cobran en las Universidades, que el porcentaje que aporta el Estado para financiar la educación es cada vez más bajo ya que como lo demuestran las cifras, del total del 2,1% del PIB que en Chile se invierte en educación, un 1,8% es de carácter privado, tendencia totalmente contraria a la mundial y a la de los países OCDE que tanto nos gusta compararnos.
La sociedad chilena actual puede ser caracterizada como una sociedad de consumidores, tal es el rostro cotidiano de un modelo económico neoliberal. Pocas veces se advierte el hecho de que las sociedades de consumo exceden con mucho las cuestiones económicas para convertirse, de hecho, en una configuración o diseño socio-cultural cuyo alcance antropológico afecta la subjetividad de las nuevas generaciones, el ethos cultural de una época y, de manera creciente, la transformación de las instituciones.
En una Encuesta Nacional 2010, que realizó el Instituto de la Juventud, se informa que de cada diez trabajadores, técnicos y profesionales, seis no tienen un trabajo relacionado con lo que estudiaron.