Para esconder su desvergüenza, los voceros de la industria nuclear ahora afirman que todas las fuentes de energía tienen sus propios riesgos
. Señalar los defectos ajenos para esconder las fallas propias es un viejo recurso retórico. Se emplea cuando uno está arrinconado y es especialmente útil cuando se han agotado los argumentos. Pero es particularmente estúpido cuando las faltas propias son señaladamente ofensivas y están a la vista de todos.
El poderío y la energía nuclear suscitan una nueva gama de riesgos “sistémicos” inéditos, tanto por el tipo de peligros que implican como por la amplitud de los mismos. El Estado japonés lo ha vivido en carne propia por segunda vez. Los intereses geo-económicos lo hicieron olvidar las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. La nación vencida se puso bajo el paraguas protector de la potencia imperial norteamericana y decidió constitucionalmente dotarse de energía nuclear “con fines pacíficos”. Fue imposible. La tecnología atómica está marcada por los impulsos mortíferos de la guerra y la tecnociencia, además de los imperativos capitalistas de producción depredadores de la naturaleza.
De antemano, pido excusas por si esta columna resulta autorreferente. Si bien, no es mi intención, es muy probable que la pasión y júbilo de mi sentir nuble todo objetivo plausible por entregar información relevante y promover la discusión, que es finalmente la intención de estas columnas periódicas.
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