
En el Día de la Mujer habría que destacar a dos grandes chilenas entre muchas otras: Patricia Verdugo quien, en su libro Los zarpazos del Puma, publicado por Chile-América – copiado también en miles de ediciones piratas – denunció valientemente las atroces masacres perpetradas por el militar Sergio Arellano Stark y su comitiva en la “caravana de la muerte”, que recorrió varias ciudades del país con un mandato perentorio del tirano Augusto Pinochet, que daba poderes absolutos a Arellano para resolver las situación de los presos políticos, juzgados por esos aciagos días en consejo de guerra o, simplemente, se encontraban en las cárceles. Desafortunadamente, Patricio Verdugo ya no está entre nosotros.
Hay que ser muy ignorante o derechista chileno para sostener que Carlos Marx inventó la lucha de clases, pues fue una idea desarrollada por historiadores muy antiguos y profundizada por los socialistas utópicos, entre ellos Pierre Proudhon y, especialmente, Henri de Saint Simon.
La izquierda latinoamericana eligió diversos caminos a partir de la segunda mitad del siglo XX. Bajo el ejemplo del éxito de la revolución cubana y la inspiración del Che Guevara la izquierda, en la mayoría de los países de América Latina adoptó el camino de la vía armada foquista y guerrillera como una forma de combatir tanto las dictaduras de derecha, como las democracias centristas o este mismo signo político.


La célebre frase del escritor inglés Lord Acton, “El poder absoluto corrompe absolutamente”, no puede ser más adecuada: donde hay poder, siempre hay corrupción pues, en esencia, son términos gemelos. Cuando Emiliano Zapata y Pancho Villa conquistaron la Ciudad de México, Villa le ofreció a Zapata sentarse en la silla presidencial, pero el líder campesino se negó aduciendo que “en el trono se sienta un hombre bueno y sale un hombre malo y incluso, corrupto”.
El bufón, en la corte de los reyes desempeñaba una función fundamental – muchas veces más importante que la de cocinero o la de peluquero de la reina – pues era el único personaje autorizado para burlarse de los monarcas y de los cortesanos.
José Ortega y Gasset que, sin duda, es uno de los mejores publicistas de la lengua española, escribió uno de los textos más sugestivos en la Revista de Occidente titulado El tema de nuestro tiempo. En efecto, cada época tiene un problema central a resolver: después de concluida la Primera Guerra Mundial, el desafío que se enfrentaba era el derrumbe de la democracia parlamentaria y el conflicto entre los regímenes estalinistas versus el fascismo-nazismo y, como telón de fondo, se presentaba la crisis de representación y de las instituciones políticas.
El Papa actual no será parecido a León XIII – autor de la Encíclica Rerum Novarum (acerca de las Cosas Nuevas) -: la doctrina social de la Iglesia tiene poco espacio, una vez derrumbada la Democracia Cristiana en el mundo y la trascendencia de pensadores cristianos y conversos que, en el siglo XX, fueron fundamentales. En estos tiempos es impensable la existencia de un Péguy, un Bernanos o un Mounier, tampoco guardará similitud con Juan XXIII, “el Papa bueno”, a pesar de gestos de humildad y opción por los pobres, que podrían engañarnos a simple vista, ni posee el peso político de Pablo VI – un democratacristiano progresista, de tomo y lomo -; aunque puede tener algo de la extrema ortodoxia de Benedicto XVI, no es un intelectual puro y nato como lo es el primero. El recién electo Papa, si bien opta por los pobres y redacta – con cierta claridad los Acuerdos de Aparecida – de la CELAM – su actuar, hasta ahora, ha tenido poco que ver con las teologías de liberación en América Latina. Es Jesuita, lo que haría suponer un pensamiento y acción bastante progresistas, sin embargo, es un conservador dentro de la Orden.