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En toda elección el elemento central consiste en definir, en la forma más acertada posible, el clivaje – el quiebre o disyuntiva sobre el cual deben pronunciarse los electores -. En el caso actual de las elecciones españoles, la opción se da entre la mantención del gobierno del Partido Popular, encabezado por Mariano Rajoy, o el reemplazo de uno de carácter progresista.

El nacionalismo en todas sus expresiones, sea nazi, fascista o estalinista, siempre ha sido producto del infantilismo, tanto de las castas, como de los ciudadanos. Es apenas obvio que, tanto el gobierno de Evo Morales, como el de Michelle Bachelet se aprovechan de los conflictos externos para esconder fracasos en la política interior, situación que ha sido una constante a través de la historia.
En el momento en que escribo esta columna, con el 91% de las mesas escrutadas, Pedro Pablo Kuczynski (PPK) lograba un 50,3% de los votos, frente al 49,7% de Keiko Fijimori, es decir, una diferencia de 0,6%, lo cual significa 100.000 de un total de 16 millones de electores. En Perú, a diferencia de Chile, el voto es obligatorio, aunque las penas se hayan ido reduciendo paulatinamente -.
En regímenes políticos como el parlamentario o el semipresidencial la querella de parte de una autoridad contra los medios de comunicación carecería de importancia e impacto – a Mariano Rajoy no se le ocurriría querellarse por las múltiples acusaciones de la prensa; lo mismo ocurre en el caso de la Infanta Cristina; el Presidente de Francia, Francois Hollande, no se lanza contra los medios de comunicación a pesar de las denuncias respecto a su vida privada -, pues a ningún ciudadano se le ocurriría decir que la libertad de prensa estaría en peligro por una simple querella judicial por el eventual delito de injurias y calumnias.



