Pedro Pablo Kuczynski, presidente de Perú, manifestó hace un año ante una audiencia universitaria estadunidense, que Washington no se ocupa de América Latina porque ésta es como un perrito echado en la alfombra que no da problemas
. Añadió que la excepción es Venezuela. Kuczynsky y el impresentable secretario general de la OEA, Luis Almagro, coinciden en su feroz obsesión antivenezolana porque ambos tienen tejado de vidrio, carecen de autoridad moral y prestigio, y su único mérito es servir, ellos sí, a Estados Unidos como los canes más obedientes.

El tema de la corrupción, un problema permanente a lo largo de la historia de la humanidad, nuevamente está en escena. Obviamente gravita la exposición mediática que ha adquirido ante la magnitud y extensión con que hoy se manifiesta, pero como de por medio priman cálculos políticos, poco se habla de las causas estructurales y sus expresiones tangibles, como los intocables paraísos fiscales, por ejemplo.
Más allá del penal de PuntaPeuco, medida que debió tomar Bachelet el primer día en que asumió por segunda vez la presidencia del país, el asunto fundamental actual es el precario estado en que se encuentra el Movimiento de Derechos Humanos en Chile.
Mientras millones de cubanos se alistaban para participar en la segunda etapa de las elecciones generales, sectores de la derecha internacional renuevan las acciones desestabilizadoras contra la isla y su revolución.
El problema de América Latina es la corrupción, pero no la corrupción “a secas”, sino especialmente aquella asociada a los gobiernos progresistas o posneoliberales
Decepción es la palabra más certera para definir la sensación que deja el Proyecto de Nueva Constitución que la presidenta Michelle Bachelet remitió al Congreso a cinco días del término de su mandato. Decepción, sobre todo, para quienes creyeron que su llegada a La Moneda, como abanderada de la Nueva Mayoría y depositaria de algún modo de las movilizaciones sociales iniciadas el año 2011, significarían un cambio sustantivo del Chile post Pinochet.
Este domingo 11 de marzo 2018 se supone que estamos frente a un nuevo cambio de gobierno, pero ¿cambia algo con la salida de Bachelet y la nueva llegada de Piñera a La Moneda? En realidad todos estos traspasos de mando lo único que buscan es dar continuidad al régimen que se instauró desde la dictadura y que básicamente apunta a mantener los privilegios de la elite empresarial y política que tenemos en Chile. Esto fue lo que vimos con las sucesiones de Bachelet a Piñera, de Piñera a Bachelet y ahora de nuevo al revés, es como el juego de las sillas musicales.
Los recientes reveses de la izquierda latinoamericana han llevado a cuestionamientos respecto de las políticas de alianza que han vuelto posibles los gobiernos antineoliberales. Esos gobiernos sólo han conseguido imponer su hegemonía porque han logrado con sus propuestas de gobierno obtener consensos ampliamente mayoritarios en la sociedad. Cuando han perdido su capacidad hegemónica, los frentes que habían constituido fueron resquebrajados y las alianzas desechas.
Quiero solidarizar con usted, señor Boric, ante la ola de críticas que ha recibido con ocasión de haber hecho público su apoyo a los diputados Bellolio y Calisto, a quienes las autoridades cubanas no dejaron entrar a la isla.