Es hipócrita quién en algún momento, no se detiene en la calle a contemplar a los inmigrantes. Los hay de piel azabache o menos intensa. Cuando caminan, despliegan el embrujo de ese andar sugerente y cautivador, propio de esta América mestiza. A menudo se les ve acompañados de gente de nuestro pueblo y se augura una mezcla que va a ser enriquecedora, aunque no les guste a los puristas. Cuando se crítica al inmigrante y se le acusa de delinquir, practicar el ocio, que no aporta nada al país, constituye una falacia. Chile los ha acogido desde siempre, a veces con reticencia, debido a la presión de grupos custodios de la raza chilena. Quienes atacan al inmigrante, olvidan que con dolor abandona su país de origen, para dejar tras de sí, historias de vida. No tiene trabajo, pues vive la precariedad; huye de la guerra; de las limpiezas raciales, de la miseria y de las persecuciones políticas o religiosas. Duele abandonar el terruño y marchar a otro, donde a menudo se ignora el idioma, las costumbres y cual religión se profesa. Como nacer de nuevo. Infinidad de chilenos han emigrado y saben de estas penurias. Se es del lugar donde transcurre la niñez, se nace y se encuentra el hogar.
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