
Todo país tiene sus características distintivas, un ADN, propio de su historia y cultura, que se transmite como el lenguaje. Los norteamericanos no conciben una empresa estatal como CODELCO, me di cuenta cuando hablé del tema. Los franceses son dirigistas, siempre esperan la voz del gobierno. Los chinos tienen como centro de la sociedad a la armonía.


Siempre tuve debilidad por Mijail Timofeyévich Kalashnikov, quien murió poco antes de Navidad. Cuando lo conocí, sus ojos siberianos tenían la mirada alerta de un lobo; era desenvuelto, duro, desvergonzado. Tenía que serlo, supongo.

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La incomodidad en que se encuentra Chile frente a la demanda peruana por los límites marítimos es exclusiva responsabilidad de una política internacional equivocada que se arrastra desde hace ya varios años. Esa política ha colocado en un segundo plano la integración regional y, muy especialmente, ha olvidado el tema vecinal. Esa política ha privilegiado hasta el cansancio los negocios y los Tratados de Libre Comercio con el mundo desarrollado por sobre los asuntos que tensionan las relaciones diplomáticas con nuestro vecinos. Esa política ha exacerbado el discurso autocomplaciente del éxito económico chileno y de la apertura indiscriminada al mundo, descalificando a los países de la región que impulsan políticas económicas e internacionales distintas a la chilena. Esa concepción adquiere preponderancia muy especialmente a partir de mediados de los años noventa. Consecuencia de ello es el aislamiento de Chile de su entorno regional.


El Partido Comunista ha manifestado su decisión de incorporarse al gobierno de Michelle Bachelet. La organización que realiza esa operación de ingreso es simultáneamente vieja y nueva.