
La irrupción de las demandas de la ciudadanía ha hecho decantar los discursos políticos de la transición, dejando en la atmósfera verdaderas voces que vienen de las organizaciones sociales, de las multitudes. En pocos años un aire puro sopla con fuerza y amenaza con derribar los endebles y falsos andamiajes de la etapa postdictatorial, esa estructura espuria escenario para la representación de la política de los consensos, decorado con la institucionalidad binominal-neoliberal y aplaudido durante décadas por las elites políticas y empresariales y difundido por la prensa del duopolio y la televisión privada. Un tablado que hoy sólo puede expresar su decadencia y artificialidad.


Nuevos aires cargados de viejos hábitos soplan sobre los territorios de Latinoamérica y el Caribe. La vocación hegemónica y su permanente necesidad de renovarse y reafirmarse trae consigo una cartera de elementos de seducción, disuasión o represión que pueden ser usados aislada o simultáneamente y que ofrecen la posibilidad de combinaciones muy diversas, versátiles y siempre, eso sí, con el mismo propósito: en ocasiones explícito y las más de las veces encubierto detrás de velos insostenibles como el de la restauración de la democracia.

El proyecto de reforma educacional de la presidenta Michelle Bachelet ha sido criticado por la derecha, entre otras cosas, porque consideran que atenta contra la libertad de enseñanza y además se despreocupa del tema de la calidad (imagino que se refieren a las materias impartidas y a cómo éstas se transmiten). Pero a decir verdad, el fondo de estas críticas tiene que ver con asuntos económicos, debido a que la derecha considera la educación un bien de consumo que se tranza en el mercado y no un bien público ni un derecho constitucional, como reclama el movimiento estudiantil. Muchos de la Nueva Mayoría piensan lo mismo, pero están intentando pasar piola.


