
En la propia definición entregada por un senador de la derecha, la política chilena está realmente “crispada”, convulsionada o acalambrada, según los diccionarios de nuestra lengua castellana. Se proclama que, después de 26 años, se ha desbaratado esa “política de los consensos” que imperó en toda la posdictadura y en la cual hay que explicarse que siga vigente la Constitución de 1980, el sistema electoral y el modelo económico ultra neoliberal. Una tensión que asusta e inquieta, de repite, a los poderes fácticos del país que, a punta de financiamientos electorales y sobornos a partidos y autoridades, mantuvieron ordenada la política, salvo por algunos episodios provocados por el tema de los Derechos Humanos, la necesidad de esclarecer los crímenes de la Dictadura y sancionar a sus culpables.
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