“Una tarde de noviembre, cerca de la desembocadura del río Sin Nombre en el Pacífico, un hombre y un perro, de pie uno, echado el otro, parecían vigilar sobre una roca las entradas de los estrechos que forman allí las islas del archipiélago. La soledad y el silencio cercaban al hombre y al perro: al frente, el mar y las islas; a sus espaldas, los altos picachos nevados y las tierras inexploradas aún. Parados sobre la roca, agitados por el viento y salpicados por el rocío de alguna ola que reventaba con fuerza, vigilantes, inmóviles, eran lo único humano que alentaba, por allí.”
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