
Las clases dominantes del mundo decidieron, hace relativamente poco tiempo, desatar una guerra contra los pueblos para mantenerse en el poder en un periodo de cambios agudos. Decidieron que para desatar esa guerra las democracias son un obstáculo, y necesitan, del modo que sea, neutralizarlas, ponerlas a su servicio, así como a los gobernantes electos. En este punto no admiten la menor fisura.
Casta de parlamentarios y dirigentes de tiendas partidistas, así como dirigentes de gremios patronales, manifiestan temor real por reacción de la ciudadanía ante corruptelas y colusiones. Unos huyen del país, otros quieren repetir lo realizado entre 1970-73
Mucho se ha dicho y escrito en estos días sobre la figura de Patricio Aylwin. Ha habido un gran esfuerzo desde el status quo en engrandecer su figura y minimizar y relativizar sus responsabilidades históricas. Nuevamente en un ejercicio de consenso, la clase política ha salido en coro a resaltar las virtudes republicanas y como estadista de don Patricio Aylwin.
La conciencia del pueblo chileno ha sido rota en mil pedazos, sometida a un proceso selectivo de reconstrucción de su memoria reciente, ante el surgimiento de una historia maniquea y ciertamente espuria. Es una nueva historia, cuyo comienzo se produce el 11 de septiembre de 1973, fecha del golpe de Estado que derrocase al gobierno constitucional y democrático de la Unidad Popular y su presidente, Salvador Allende. No existe un antes, no hay forma de explicar por qué y cómo emerge el putsch militar. A lo más, se ha llegado a señalar que el gobierno de Salvador Allende fue un gobierno marxista, obstinado en imponer una dictadura comunista ajena a la idiosincrasia del pueblo chileno.
Después del terremoto de Valdivia, en 1960, catalogado como el de mayor intensidad desde que haya registros a nivel mundial, se produjo un derrumbe que tapó el río Riñihue y al formarse un dique natural amenazó al abrirse con inundar la ciudad de Valdivia. La ENDESA de aquella época, totalmente de propiedad estatal, estaba dirigida por el eminente ingeniero civil, don Raúl Sáez, quien a pedido del gobierno cuyo presidente era el ingeniero Jorge Alessandri aceptó hacerse cargo y evitar el desastre. 


