Parto por confesar ante mis pacientes lectores, que por salud mental no leo El Mercurio. Sin embargo, cuando empiezan a correr los frescos vientos otoñales a los pies de la precordillera de la Comuna Parque (con cada vez menos parques y cada vez más cemento), le solicito a mi señora madre (91 años de edad), que está suscrita al pasquín de marras, que me los guarde, pues por su característica incendiaria subversiva, no hay mejor combustible para encender el fuego de la estufa de doble cámara, siempre y cuando, claro está, no haya alertas, preemergencias o de plano emergencias medioambientales en nuestra contaminada cuenca santiaguina.
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