Ahora que el espectáculo cuatrienal de la elección presidencial está alcanzando la cúspide, es útil preguntar cómo las campañas políticas están abordando los temas más cruciales que enfrentamos. La respuesta es sencilla: mal, o para nada. En tal caso, surgen algunas preguntas importantes: ¿por qué, y qué podemos hacer al respecto?
La elección municipal del pasado 28 de octubre hizo visible lo que ocultan las máscaras del formalismo estatal y las apariencias de vivir bajo un orden democrático estable, a la vez que trazó las líneas y contornos de la escenografía del nuevo momento de rearticulación entre pueblo y política.
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Para Max Weber hay tres grandes fuentes de la legitimidad política: la tradición, el carisma y la ley, que tiene su expresión, en la actualidad, en el sufragio popular. Los más de ocho millones de ciudadanos que en las elecciones municipales del 28 de octubre último dieron la espalda no sólo al sistema político, instituciones, partidos y castas en el poder, no es un producto netamente criollo: me atrevo a sostener la hipótesis de que estamos asistiendo, en el segundo decenio del siglo XXI, al fin del ciclo de las democracias electorales en cualquiera de las formas de gobierno heredadas del siglo XVIII.
Los años felices en los cuales España parecía salir del subdesarrollo se esfuman. Fue un tiempo que se adjetivó, cuando las cifras macroeconómicas eran un éxito, como el milagro español. Pero al igual que sucedió con el milagro brasileño de los años 70 del siglo XX, ambos carecían de legitimidad política.
Desde que comenzó a operar la Ley Nº 20.568 que regula la Inscripción automática y el voto voluntario, se instaló una nueva incógnita en las elecciones que vendrían y fue precisamente en las
Anoche me emocioné hasta las lágrimas cuando las pantallas de la televisión mostraron a la Carola en la Plaza de Armas, besando un medallón que colgaba de su cuello, hecho por el Flaco Tohá, a quién ofreció la victoria en un momento de tan legítima satisfacción.
En estas municipales no ganó la concertación, ganó el movimiento estudiantil y el castigo a estilos mañosos para ejercer la política. Ganó el movimiento estudiantil, pues la gente castigó a los alcaldes de desalojos y represión. Así fue como Labbé, Sabat y Zalaquett, recibieron la factura de una clase media que en bajo porcentaje, acudió a las urnas para castigarles.
El resultado más contundente de la reciente elección municipal fue el del número de ciudadanos que se abstuvieron de votar. Se demuestra, así, que la clase política dio un paso severamente en falso cuando legisló para hacer voluntario el ejercicio electoral en un momento en que el descrédito que afecta a los partidos es tan generalizado y éstos mantienen bajísimo influjo en la opinión pública.
La abultada cifra de abstenciones en la reciente elección municipal que supera las previsiones más pesimistas, no es un accidente ni un comportamiento caprichoso del electorado; se trata, qué duda cabe, de un inquietante síntoma político y social en el Chile actual. Es innegable que la cláusula del “voto voluntario” y la expansión del padrón electoral han contribuido a que se exprese con mayor fuerza un malestar difuso ante el presente estado de cosas en nuestro país.