
Los políticos que en Chile ocuparon la jefatura del Estado desde 1990, han tenido expresiones recurrentes y similares a las que Michelle Bachelet y Sebastián Piñera se prodigaron a finales de 2009.
Archivo periodístico 2005–2019

Los políticos que en Chile ocuparon la jefatura del Estado desde 1990, han tenido expresiones recurrentes y similares a las que Michelle Bachelet y Sebastián Piñera se prodigaron a finales de 2009.
La campaña electoral ha estado absolutamente llena de ambigüedades, imprecisiones y generalidades, pues los candidatos con mayores recursos que representan como dos caras de una misma moneda al gran empresariado no se aprestan a cumplir nada relevante. Sólo hablan con claridad “los chicos” y como son “chicos” no los ponen. Ese es el pretexto.
Se cerró el escenario electoral donde la izquierda de transformación social vinculada a los movimientos sociales y a sus luchas decidió presentarse dividida en dos candidaturas. Ambas se metieron ahí a sabiendas que serían perdedoras en votos, pero igual, cabezas gachas, testarudas y llenas de voluntad decidieron ir por separado con Marcel y Roxana. Fueron con las mismas demandas sociales de carácter democrático, antineoliberal y anticapitalista que habían sido instaladas por los movimientos sociales en este nuevo ciclo de luchas.
El lema de campaña de la lista RetroCEDamos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile pareciera graficar lo que ha pasado en la sociedad en los últimos años: una falta de coherencia entre las banderas esgrimidas en gigantescas movilizaciones impulsadas por los estudiantes, con la participación decidida de la ciudadanía en diversas comunas de Chile y el escenario y las preferencias para las elecciones presidenciales, según todas las encuestas realizadas a la fecha y el más elemental sentido común.
Además de ser una siutiquería, es una falacia que “en las elecciones se expresa la soberanía popular”, pues desde que existen los candidatos, los gobiernos, los partidos políticos y, sobre todo, los dueños del poder económico, los interesados recurren a diversos expedientes para falsificarla. Entre esas patrañas podemos destacar: 1) el sistema binominal; 2) el cohecho directo o disfrazado – por ejemplo, en anteojos, zapatos, y otros , el primero y, el segundo, en intervención electoral, feria de bonos y oferta de trabajo -; 3) el aporte económico de las transnacionales a las distintas candidaturas.
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La OCDE (Organización para la Cooperación Europea) ha declarado recientemente que la economía chilena es dinámica, sólida y estable y que es un ejemplo para todos los países en desarrollo. Esta misma opinión la repite con sistemática regularidad, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, la Organización de Estados Americanos y Agencias especializadas de Naciones Unidas.
Para todos es conocida la espinosa historia que desembocó en que la candidata de la Alianza por Chile sea Evelyn Matthei. Esta circunstancia no es menor, ya que permite entender el carácter verdaderamente radical que tienen muchas de sus propuestas: como no tiene posibilidades de ser electa, el programa puede ser un refugio doctrinario de las ideas más puras de la derecha, por irrealizables que sean al menos hasta ahora.

Así como el momento histórico no parece ser el más amable para la derecha, no son tampoco tiempos muy dulces para los sectores cuyas propuestas podrían situarse a la izquierda del pacto Nueva Mayoría. Lo cierto es que los planteamientos de este sector han ido variando con el tiempo, y lejos de las rudas ideologías socialistas enarboladas durante gran parte del siglo XX, hoy en día la mayor parte de la izquierda política parece alinear sus filas detrás de una gran consigna: la expansión de los derechos sociales.

Hace tiempo que argumento que la decadencia estadunidense en tanto potencia hegemónica comenzó circa 1970 y que el lento declive se tornó precipitado durante la presidencia de George W. Bush. Comencé a escribir del asunto en 1980 o algo así. En ese entonces la reacción a este argumento, desde todos los campos políticos, fue rechazarlo como absurdo. En los 90, muy por el contrario (de nuevo desde todos los lados del espectro político), fue amplia la creencia de que Estados Unidos había llegado al clímax de la dominación unipolar.

Los países rebeldes latinoamericanos buscan más justicia social pero no abandonan el camino de producir más para consumir más. La racionalidad sostenible no es su meta. Cuba retrocede. Lo intentó pero la fuerza de la realidad global capitalista lo cerca incluso ideológicamente.