
Lo único que no existe en la crisis de la derecha es el debate de ideas: cuando se menciona el liberalismo de los disidentes, uno no entiende si se refiere a la tradición liberal chilena de Francisco Bilbao, José Victorino Lastarria, José Manuel Balmaceda , y a otros prohombres libertarios, o al neoliberalismo, que es esencialmente conservador, pues la concepción de libertad se limita a lo estrictamente económico; hay libertad en el mercado, pero no en la esfera de la política. Al escuchar al diputado Joaquín Godoy, que se declara admirador de Hayek, uno se queda perplejo ante tamaña contradicción. Sigo pensando, como lo he manifestado en muchos artículos, que la derecha murió con el golpe de Estado, junto a los valores republicanos y democráticos.



¿Alguna vez la primavera árabe –si uno ha de creer en las pamplinas proclamadas en ese tiempo– pareció más desesperada, sangrienta y exasperante que en estos días? Me refiero a esa angustia en la que los árabes están tan inmersos que apenas si emitieron un quejido cuando el hombre al que la mayoría de ellos consideran criminal de guerra –Ariel Sharon– fue llorado por Occidente y sus pusilánimes periodistas como figura icónica, legendaria, audaz, un buldózer y un general orgullosamente sionista.


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