
Los tiempos actuales tienen como estado de ánimo prevaleciente el de una perplejidad impotente. Nos vemos arrastrados a guerras económicas que la mayoría de las gentes no desea. Son tiempos sobre los cuales no debemos llamarnos a engaños; difíciles para la España profunda Franquista y para su hijo putativo, Chile, terribles para los Estados Unidos y la comunidad Europea e incierto para el resto de la Humanidad. En esta patética realidad, ¿Qué debemos hacer? Comprometernos en la defensa de los más altos valores del espíritu, exigir el derecho de crítica, preparando las condiciones para que el mundo del futuro no contemple el orwelliano espectáculo de la persona engañada, amenazada, agobiada, degenerada, mutilada, enajenada, etc.
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