
El holgado triunfo de Jair Bolsonaro en la primera vuelta de la elección presidencial de Brasil es el augurio, aunque no garantizado, del ominoso regreso del neofascismo al gobierno de Brasil, una redición bajo un formato personalista y no colegiado de las dictaduras militares del Cono Sur en las décadas de los 70 a los 80.
Posiblemente a muchos lectores les ha surgido en más de una ocasión la misma pregunta, la misma duda que lacera sentimientos: ¿por qué hemos llegado a este estado de cosas en las que, poco a poco, se ha ido posicionando el neofascismo como alternativa válida y real de gobierno?, cuestión impensable hace algunos años, pero que hoy pareciera estar a la vuelta de la esquina.
Se suele separar como algo muy diferente el fascismo y la democracia empresarial.
Los íconos han servido, a través de la historia, para enseñar virtudes. La mayoría de la población en la Edad Media era analfabeta, por consiguiente los santos de yeso y los vitrales servían para mostrar escenas de la biblia, por ejemplo, a Dios se le representaba un “viejito pascuero” y a Jesús como un apuesto joven, rubios y de ojos azules.
Hace solo unos meses denunciábamos, en el diario El País, 

Admiramos a Hitler, a Mussolini, a Franco, a Stroessner, a Somoza, a Batista, a Pinochet por cierto.