
En el partido de futbol entre Chile y Brasil, muchos de los pronósticos de los fatalistas no se cumplieron, pues no hubo un árbitro “saquero”. Por el contrario, el juez del encuentro no pudo ser más ecuánime y equilibrado y las teorías “conspirativas” de la FIFA tampoco se ajustaron a lo que vimos en la cancha. La profecía autocumplida de que Chile iba a salir derrotado por el gigante brasilero – que siempre nos había ganado – sólo se cumplió a medias por un maldito palo atravesado.

En un discurso pronunciado en Bruselas el pasado 26 de marzo, el presidente de Estados Unidos Barack Obama aseguró que “nosotros no pretendemos anexar el territorio de Irak. No les arrebatamos sus recursos para nuestro propio beneficio. En vez de esto, terminamos nuestra guerra y dejamos Irak a su pueblo, en un Estado iraquí plenamente soberano que puede tomar decisiones sobre su propio futuro”.


Ante la conmemoración del 26 de Junio, día instituido por Naciones Unidas para homenajear a las víctimas de la tortura, la Comisión Ética Contra la Tortura declara lo siguiente:
Nuestra relación con Bolivia pone en colisión dos puntos de vista. El primero, al que adhiero, considera que Chile tiene una obligación de justicia, por la que debe restituir la calidad marítima a Bolivia. Nuestro país realizó un expolio salvaje durante la guerra del salitre que va mucho más allá de la usurpación territorial. Las consecuencias de 1879 se extienden, en la historia boliviana, hasta hoy, originando un daño multidimensional que no somos capaces de captar sin visitar el país altiplánico y estudiar detalladamente su historia política y económica. Desde esa perspectiva, la demanda en La Haya debe ser atendida y Chile esta obligado a acatarla.
Las ofensivas bélicas de Occidente no parecen arrojar como resultado una ocupación firme de los territorios agredidos como sucede en el colonialismo clásico. La ocupación estable no es el objetivo, al menos por ahora. En las guerras que los Estados Unidos y sus aliados llevan a cabo en Asia y África se manifiesta una constante que tiene en la simple destrucción su objetivo inmediato y casi único. Países antes prósperos y relativamente estables como Irak o Libia han quedado convertidos en ruinas y no precisamente por errores de cálculo, normales en toda contienda bélica. En realidad, en todos estos casos se repite un patrón que bien podría describirse con la consigna “destruirlo todo, arrasarlo todo”. La misma estrategia se repite en Afganistán y con ciertas variables se utiliza también en Pakistán.
Desde la década de los ’80, nos encontramos en una nueva fase del capitalismo hegemonizada por el capital financiero y las transnacionales, que pasaron a controlar la producción de las principales mercancías y el comercio mundial, suscitando cambios estructurales en la producción agrícola.