
¿Desde cuándo que variadas generaciones venimos escuchando del conflicto entre israelíes y palestinos? Algunos que se toman la historia con gran estrictez, dirán que habría que remontarse a cuando los antiguos israelitas, en búsqueda de la Tierra Prometida entre los oasis de Canaan, se encuentran y derrotan— gracias al genio del joven David—a los filisteos cuyo guerrero más temible era el gigantesco y rudo Goliat. Esos filisteos, presentados por la Biblia como toscos sujetos serían los ancestros de los actuales palestinos. Como puede verse, desde la Biblia misma había ya manipulación por parte de los medios informativos. Lo más probable es que los filisteos no eran ni más ni menos brutales que los propios israelitas o que cualquiera de los otros pueblos que vivían en esa inhóspita región.
Las ofertas del gobierno, desplegadas como certezas inamovibles durante la campaña electoral, han devenido en una crisis que han puesto en ridículo a un numeroso contingente de personalidades, encargadas o relacionadas con esas reformas.
Primero hay que señalar que esta guerra (que más bien habría correctamente denominarlo genocidio) es el resultado directo y certero del accionar los servicios de inteligencia del estado de Israel, por ya largos años, conducidos por una nueva generación de dirigentes políticos y militares de extrema derecha (no los históricos fundadores de Israel), los cuales solo han vivido en guerra contra el mundo árabe, en especial con Palestina, Siria y Líbano, y con una paz negociada con Egipto y Jordania, ambos al servicio directo de USA, así como el resto de las monarquías árabes. 
Primero que todo, vamos a aclararle al honorable senador Andrés Zaldívar, que en Chile no existe el Parlamento, pues ésta es la denominación que se le da a la función legislativa del Estado dentro de los regímenes parlamentarios, o sea en que el centro de gravedad político está en el Parlamento. El órgano legislativo en los regímenes presidenciales, como el de la Copia Feliz, es el Congreso. Usé el término Parlamento en el título, sólo para responderle con sus propias palabras.
En la monarquía chilena el carácter de la reina o del rey juega un rol fundamental en el manejo de su gabinete: los hay, como Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que prácticamente permanecía en silencio durante los consejos de gabinete y, aparentemente, cada ministro obraba a su manera, pero tras bambalinas siempre estaba alerta la famosa troika que decidía la política del gobierno; Frei Ruiz-Tagle de callado, de repente asomaba con un sorpresivo zarpazo – pregúntenle a Sergio Molina, a Víctor Rebolledo y a Germán Correa -.
Nunca lloro. Aún en los momentos más dramáticos de mi vida no puedo producir ni una lágrima. Sin embargo, hay situaciones, películas y canciones que me hacen extraer sollozos a raudales desde los más recónditos lugares de mi cuerpo. En el exilio no podía cantar la Canción Nacional. Con amigos, menos pudorosos que yo, cantar La Internacional, me lleva casi al paroxismo. Se imaginarán, entonces, lo que para mí significa cantar las canciones de la Revolución Sandinista, en un 19 de julio. Fecha de 1979 en que los nicaragüenses finalmente expulsaban a la Dictadura Somocista de su Patria. Como Sandino había expulsado al yanqui invasor en 1934.
Acaban de hacer noticia cuando el rector UDP entrevistó en El Mercurio al ministro de Educación sobre la gratuidad de los estudios universitarios. Conclusión: después del embrollo e intercambio de dimes y diretes, no hay a quién creerle.
El ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, incurre en la repetida falacia de afirmar que la Concertación en sus 20 años de gobierno no pudo cambiar el modelo económico heredado de la dictadura por haber sufrido un “veto”: “La democracia de los consensos es de otra época, es de la época de la transición, cuando había un veto (…) nosotros estamos para dialogar, pero para avanzar” (El Mercurio; 20-7-2014). Una nueva forma de expresar el engaño de que “la Concertación no tuvo los quórums”.