
Pedirle al corrupto que deje de serlo –sin ofrecerle nada a cambio (¡qué paradoja!)–, o que renuncie a los privilegios mal habidos, es igual de ingenuo e irrisorio que pedirle al perro que deje de ladrarle al cartero, sin que medie su respectiva recompensa. A ambos los mueven impulsos (instintos) incontrolables, espontáneos. Uno, a partir de su esquizoide avaricia del “tómalo todo”; el otro, enceguecido por la rabia, cabalgan sobre la misma convicción: el mundo me pertenece. El corrupto actúa desde su trastocada escala valórica, donde, por ejemplo, una pregunta periodística, es un ataque artero; una investigación institucional, es una persecución personal; un acto delictivo, es una equivocación involuntaria. Por su parte, el perro –independiente de su raza y condición socioeconómica– ladra porque es un estúpido arrogante e inconsciente.
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