Una vez más el vate catalán viene en mi auxilio: “Prefiero la revolución a las pesadillas”; o si prefieren al gran bardo charrúa: “Y hay quienes se desmueren, y a quienes se desviven, y así entre todos logran lo que era un imposible”.
Lo cierto es que quienes detentan el poder en Chile, no renunciarán. Ya que se han dado cuenta que pueden cometer las bellaquerías más grandes y los crímenes más aborrecibles- no sólo ahora, sino desde que la dictadura refundó el país- y que no recibirán ningún tipo de sanción real. Ellos y ellas explotan el statu quo para su enriquecimiento ilícito; y, como contrapunto, ningún criminal, truhán, tunante, bergante, pillo, sinvergüenza, pícaro o como se les quiere denominar, teme por su libertad; por el contrario, saben a ciencia cierta que la tienen asegurada; o que recibirán una sanción o castigo irrisorio. Ha llegado el momento crucial de derribarlos, mediante la encarnación de la utopía: negarse a participar de una democracia que es un engendro entre fantasmagoría y simulacro.
Cada día se descubre nuevos prohombres caraduras por parte de las aún dos castas en el poder, y si los chilenos no fuéramos tan indolentes hace mucho tiempo que los hubiéramos arrojado de sus cargos – logrados sobre la base de trampas imperdonables -. Un país con el lema peculiar “pituto o muerte” no merece ningún respeto y que además, un político sea sinónimo de ladrón no es broma, pues está develando una sociedad basada en el abuso, la corrupción, la codicia, en fin, la podredumbre de los plutócratas que detentan el poder. Pero más temprano que tarde, “llegará el día de rendición de cuentas”.
Mientras ayer observábamos en el cable la impresionante concentración de ciudadanos en Buenos Aires, convocada por los fiscales compañeros del fallecido fiscal Alberto Nisman y solidarizábamos con aquellos cientos de miles de personas pidiendo justicia, aquí en Santiago, se fraguaba a nuestras espaldas un verdadero putsch institucional en el Ministerio Público, que despojaba al fiscal Carlos Gajardo de la investigación del caso Penta y sus derivados.
Que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente es, además de una verdad irrefutable, un lugar común. En una plutocracia, que las élites sean corruptas es casi tan “natural” como el ocaso cotidiano y nunca hay que confundir la democracia electoral con la democracia substantiva, pues al no existir formas de participación directa de la ciudadanía, los representantes hacen lo que quieren violando así la voluntad de quienes los han elegido, de esta manera, la soberanía popular se convierte en un solo espantapájaros – mucho de esta corrupción está ocurriendo con el parlamento chileno -. Veamos: hasta ahora. Al menos, hay dos senadores Ena von Baer e Iván Moreira – cuyos cargos serían ilegítimos en cualquier democracia que se precie de tal – en que ambos “padres conscriptos” recurrieron a artimañas fraudulentas sobre la base de boletas, evidentemente falsas, emitidas por terceras personas, y es muy posible que el dinero mal habido, recibido directamente de la “caja pagadora” llamada Penta, les haya permitido ganar las elecciones; en la Cámara de Diputados ocurre otro tanto con el Ernesto Silva y, ahora, con el diputado “gutista”, Roberto León.
Ante la precariedad e insostenibilidad de las reiteradas y obsesivas fijaciones respecto a mi país, por parte del secretario Insulza, debo hacer mención de algunos aspectos que caracterizan la feroz e inaudita campaña sin ética ni recato alguno, denostando de su condición de burócrata internacional que le obligarían a una mínima conducta decorosa.
El reincorporado vocero Álvaro Elizalde, dio por cerrada la polémica en torno a Sebastián Dávalos -quien presentó su renuncia como Director Sociocultural de la Presidencia- asegurando que “no hay nada más que agregar al respecto” (sic) y como no tenemos ninguna relación con el gobierno sí añadiremos nuestros puntos de vista al respecto. 
El día domingo 15 de enero, el diario La Tercera publicó en su página doce, una nota titulada “UDI y RN piden aclarar papel de Rolando Jiménez en atentado a Pinochet”. La nota comienza de esta manera: “‘Los delitos cometidos por movimientos que usaban la violencia deben ser aclarados’.