
Nada sacamos con decir que “en mi gobierno se entra y se sale con las manos limpias” y “se puede meter tal vez las patas, pero no las manos”. Mientras no enfrentemos de raíz el tema de la probidad política en el Estado los escándalos se repetirán eternamente. Donde haya “proyectos concursables” y personas de dudosa honradez que los administren, es evidente que un funcionario que gana un sueldo modesto y administre chequeras fiscales, mil veces superiores a su ingreso, pueda tentarse. No todos son santos y con vocación de servicio público. Hace tiempo que la política está divorciada de la ética: cuando aquella es pura técnica electoral e ingeniería de repartos de trabajos estatales es imposible evitar los escándalos.
La VII Cumbre Presidencial que se efectuará en Panamá los días 10 y 11 de abril, esta vez con participación de Cuba, debería corroborar el histórico rechazo que ha hecho el continente a las amenazas de EE.UU. contra Venezuela. Esa Cumbre es la mejor oportunidad para que el presidente Barack Obama conozca de labios de los mandatarios de América Latina y el Caribe la indignación que provocan sus desplantes de matón de barrio.
De existir en Chile un potente, valiente, imaginativo y consciente movimiento de trabajadores, una Central Unitaria por ejemplo, las calles ya estarían ocupadas por centenares de miles de emputecidos asalariados que exigirían no solo que se termine la sinvergüenzura que ya escala con rasgos estructurales, es decir, culturales, sino que se termine de inmediato toda operación política y/o de inteligencia para evitar que pescados y pescadas grandes, salgan al baile de la corrupción que ha abusado de sus poder durante un cuarto de siglo para burla de la gente.

Los personajes de la élite corrupta chilena son tan ignorantes o, bien, confiados en que los “borregos“ ciudadanos, que ni siquiera los llamarán a rendir cuentas de sus abusos y sinvergüenzuras que no alcanzan a vislumbrar. Por ejemplo, en Brasil, la corrupción en la empresa Petrobras, no cortada a tiempo de raíz, está a punto del provocar el derrumbe del gobierno de Dilma Rousseff – en la actualidad tiene sólo un 13% de apoyo ciudadano, récord apenas superado por el gobierno de Fernando Collor de Mello con un 5%, destituido constitucionalmente por el Congreso de ese país, el 29 de diciembre de 1992. Así ha ocurrido con otros países casi siempre en la historia, pues los poderosos jamás han demostrado capacidad para evitar el camino errado, así sea por mero egoísmo de conservar sus privilegios. Ni siquiera, como Luis XIV, de Francia, son capaces de decir, “después de mí, el diluvio”.
Los casos Penta, Soquimich y Dávalos (Caval) han tenido, al menos, la virtud de demostrarnos al conjunto de la sociedad chilena que la corrupción constituye un elemento fundamental de ella. Que la colusión entre los grandes grupos económicos y la dirigencia política duopólica (Alianza-Concertación) está completamente institucionalizada desde hace muchos años. A tal grado, que los políticos y empresarios ¡ni siquiera son capaces de darse cuenta de la anormalidad del fenómeno! ¡Lo toman como algo natural!
Los proyectos políticos de dimensión histórica, como lo ha sido la transición chilena a la democracia, dan lugar a una elite gobernante que el cientista político italiano Gaetano Mosca denominó “clase política”.