
Cuando estudiaba historia, en la Universidad Católica, mis profesores, todos conservadores, de la escuela de Eyzaguirre, distinguían entre el historiador y el periodista. Sólo, posteriormente, me convencí de que muchos periodistas escriben mejor historia que quienes se dedican a ella por oficio. Edwards Bello, Genaro Prieto y, actualmente, Hernán Millas, son mucho más entretenidos y verídicos que los historiadores de profesión.


Don Ramón Barros Luco era un personaje afortunado: le cayó un ministerio, cuando comenzaba su larga carrera funcionaria, por el solo hecho de pasar bajo el balcón del Palacio de La Moneda, cuando el Presidente de la República de ese entonces, don Federico Errázuriz Zañartu, no tenía ningún postulante al cargo. En 1910, ya anciano, fue elegido Presidente de la República por unanimidad, al no haber contendor y, para más exageración, llamaba a ese cargo “un empleíto sumamente fregado”.
En las proximidades de primavera, con una cordillera empañada por el smog de la capital, es grato observar los primeros volantines que imaginan con su sonido de barco de papel el sueño primigenio, inocente y noble de volar que posee la infancia. Da nostalgia rememorar los cometas, chupetes o pavos que construíamos en aquel entonces, con cañas que nosotros mismos cortábamos y pulíamos para pegarlas a nuestros coloridos diseños – aun cuando precarios – en nada envidiaban los espléndidos papalotes de otras naciones. 

Definitivamente, Chile es el equivalente a “Tontilandia”, (vocablo inventado por el gran periodista Genaro Prieto). Un día, el gerente de CODELCO, Nelson Pizarro, empleando el lenguaje común de los mineros, declara que ya “no hay ni un puto peso”, y todos los “tontilandeses” nos creemos este cuento de terror.
El 11 de septiembre de 1973, antes del mediodía, Allende se despidió de nosotros para entrar en la historia.