“Me lo dijo el doctor, no tengo por qué dudar”, frases como esta se encuentran en extremo arraigadas en la cultura chilena, como auténticos dogmas de fe. ¿Quién podría rebatir la opinión de un facultativo?, sobre todo si ella es producto de una añosa y perfecta ecuación entre la confianza del paciente y la calidad profesional del médico. Pero los médicos no son infalibles. Son, quién lo diría, seres humanos. Se equivocan y cometen los mismos errores y excesos que cualquier ciudadano de carne y hueso; también son presa de la envidia y la codicia, y susceptibles de ser corrompidos, como cualquier mortal.
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