
España despidió masiva y dramáticamente a uno de los personajes más estrambóticamente nobles de la aristocracia española, María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, más conocida como la Duquesa de Alba. Dueña, al margen de su enorme fortuna estimada según Forbes por encima de los 3.000 millones de euros, de 46 títulos nobiliarios, 14 de ellos con Grandeza de España, 18 marquesados, 20 condados, cinco ducados, un condado-ducado y un vizcondado, que la convirtieron por décadas en una de las más potentadas y linajudas aristócratas de la rancia nobleza europea y española con largueza. Según el libro de record Guinness posee más títulos que ningún noble del mundo.


Un libro sobre Agustín Edwards, El Mercurio y su relación con los gobiernos de la Concertación aparece en estos días: Agustín Edwards Eastman, biografía desclasificada del dueño de El Mercurio, de Víctor Herrero Aguayo, publicado por editorial Debate. Es un texto que tal vez no modifique la percepción que puede tenerse de Edwards, sin embargo, vuelve a opacar la imagen creada por la Concertación durante sus dos décadas. La relación entre el conglomerado político y este poderoso periódico es una expresión bastante fiel de los vínculos tejidos entre el sistema político y el poder económico durante los años de la transición. El Mercurio ha sido canal y caja de resonancia de aquellas intimidades. Lo peor de ambos lados ha sido titular y portada durante dos largas décadas.
La novela histórica es un subgénero narrativo propio del romanticismo del siglo XIX, que apareció de la pluma del escocés Walter Scott (1771-1832), el que publicó una serie de novelas ambientadas en la Edad Media inglesa en cuyas páginas se incluían eventos y personajes de la época, de las cuales la primera fue Waverley (1814) y la más popular Ivanhoe, escrita en 1819 y cuya acción transcurre en la Inglaterra del siglo XII, época de la dominación de los normandos.
En todas las grandes depresiones, a través de la historia del capitalismo aparecen obras literarias, canciones y películas que retratan esos períodos atroces. En un artículo anterior sobre optimismo y pesimismo, traté de explicar la paradoja que en las crisis de fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, predominaban los filósofos, sociólogos e historiadores de la decadencia; en la crisis actual lo hacen, principalmente, los premios Nóbel de Economía.
El fútbol profesional hace rato que tiene cierto hedor. Los jugadores son abusados por técnicos, dirigentes y manejadores; los equipos grandes abusan de los equipos chicos; los dirigentes-inversionistas abusaron de los socios al birlarles sus clubes. De ese tipo de gente se puede esperar todo. En cambio los jugadores, aquellos cuyo trabajo se nombra con una bella palabra que indica diversión, la mayoría de las veces son víctimas. Por mucho que unos pocos terminen siendo millonarios.
Analizar la crisis de TVN sólo desde la perspectiva de la caída al cuarto lugar en sintonía que ha sufrido la estación en los últimos siete meses, sin considerar su aspecto valórico, podría ser un grueso error interpretativo. Repuntar los 12 puntos perdidos en horario prime no es la panacea, incluso la meta podría ser mayor, pero la crisis persistiría. De modo que suscribir la creencia de que sólo se trata de una cuestión numérica, susceptible de mejorar afinando decisiones editoriales o implementando nuevos planes de negocio, es no entender el quid del asunto. En rigor, la crisis de TVN es más compleja. Si bien es cierto que una arista tiene que ver con los bajos rating, también hay otras –más subjetivas, pero igual de importantes–, y que están relacionadas con la historia de esa casa televisiva, tras la que subyace una intrépida apuesta lanzada en despoblado: ser el canal de todos los chilenos.