
“Y aunque el canto que escuché hablaba de la guerra, de las hazañas heroicas de una generación entera de jóvenes latinoamericanos sacrificados, yo supe que por encima de todo hablaba del valor y de los espejos, del deseo y del placer”
(Roberto Bolaño, Amuleto)
Hace un tiempo, “no quería hablar más de Bolaño”, no sé si fue el escritor mexicano Juan Villoro o el catalán Javier Cercas quien lo dijo. Compartiendo entonces, plenamente, ese estado de ánimo, aclaro que no se debía a una traición ni de un brusco y repentino hartazgo para con el desaparecido autor y su obra. Todo lo contrario, pues igualmente, como buen aprendiz de “bolañólogo”, comparto, con la misma contundencia y rotundidad de Jorge Volpi, que “después de Bolaño se acabó la literatura”; junto con declarar, una vez más, también, con uno de aquellos que uno “no se cansa de sorprenderse con su relectura”. Pero es que, siendo honestos, la desaforada construcción mítica de Bolaño llevada a los niveles de paroxismo, desemboca, la mayoría de las veces, en un genuino bodrio, por más entusiasta y archiconvencido “bolañista” que uno se precie.
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