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Agosto 18, 2026

De lo bueno poco…

 Por algo se hacen llamar Muse. De las musas uno siempre espera más de lo que ve y aún así, termina encandilado de igual forma. Nos pasó algo similar a los que, apretujadamente disfrutamos del show de este notable power trío británico de paso en Santiago.

Si uno tuviese que ampliar la crítica cada vez que se refiere a un show de pergaminos irrefutables, acá sobrarían los especuladores. De hacerlo, estaría abusando de lo quisquilloso que otorga la posición y esta tribuna. Por lo demás, mi visión implica que un buen espectáculo, por más adorno, apoyo o pirotecnia de avanzada que muestre siempre se evaluará, a ojo de buen melómano, por la consistencia musical que presente.

Quizás sea esto lo que me haga inclinar el pulgar hacia arriba. Sin ostentar el título del benevolente de turno incluso. ¿Por qué? Imagínese.

Me voy a olvidar de la pésima organización, de la insolente improvisación que productoras como Fénix demuestran al subestimar a la masa y su potencial descontrol en la calle, considerando que hablamos de un recinto donde más que gente pagando altos precios, el panorama asemejó más al de un corral de evento gratuito. Súmenle entonces el caos al abrir tarde las puertas y con ello propender al desorden.

De seguro, aprovechándose de la falta de fiscalización, o incluso, lisa y llanamente abusando de la eventualidad al saber que existía alta demanda. Era fácil poner en cancha a más personas de lo que un recital de corte masivo juvenil requiere. Un error potencial y el asunto terminaba en catástrofe.

Más allá del desaguisado y lo molesto que resulta hacer filas innocuas fuera de un recinto que en sus exteriores no presenta condiciones para ello, el Caupolicán fue, a diferencia de la gran mayoría de otros centros donde se montan espectáculos masivos, un enorme aliado para convertir esa hora y cuarto de música en una experiencia inolvidable. El viejo teatro sigue siendo una de las mejores instalaciones para escuchar un sonido en vivo de calibre mundial.

Frente a eso, sólo quedaba esperar que el anuncio del road show más potente del último trimestre en el mundo –promesa proveniente desde Europa como suele suceder si de promocionar un grupo se trata- tuviese en la noche capitalina su pasada con refrenda unánime. Así fue. Potencia sonora exorbitante y una puesta en escena tan simple que no desconcentra al oído con suplemento visual. Muse no dejó espacio para el respiro ni lugar para la inflexión de la curvatura de éxtasis. Fue catarsis constante.

Todo cuajó perfecto. Si a ratos no se observaba una sincronía entre la solidez musical y el apoyo audiovisual era únicamente a lo ya mencionado. El Teatro Caupolicán es para grandes bandas tocando, no para grandes shows audiovisuales.

Sin más recursos que sus enormes canciones, su probado sonido en directo y un set list tan bien aprendido que no muestra vicios de fluidez, Matthew Bellamy, Christopher Wolstenholme y Dominic Howard hicieron 15 canciones en poco más de 80 minutos, comenzando el deliro con los acordes de “New Born”, incluyendo el bis clásico hasta el cierre con “Knights of Cydonia”. Suenan imponentes, tan simples como sincronizados a la perfección. Suerte nuestra que llegasen por estos lados con “algunas horas” de tour en el cuerpo.

Momentos altos e irrepetibles como los del feed back de Bellamy encantando con su chaqueta roja, su carisma de rock star, su comunicación hacia el público y hasta la típica chupalla chilensis para reconocer tanta entrega.

Porque los que llegaron -en su mayoria “puberty”– se desgarraron la voz con “Invencible” o “Starlight” convirtiendo esos minutos en los más sublimes del presente año en materia de goce y devoción pop visto en nuestro suelo. Indiscutible manifestación de excelencia, complementación absoluta.

Lastimosamente, todos sentimos que el espectáculo se hace corto. Como esos partidos de fútbol en el estadio donde el pitazo final te deja con cara de “exijo una explicación”. Se nos pasó volando la presentación y aunque nadie duda de su enorme calidad, muchos extrañamos que no nos regalaran mas de su repertorio, cosas como “Apocalyse Please”, “Thoughts of a dying atheist”, “Sing for Absolution” o “Showbis” por nombrar las que llevaba en el mp3 haciendo esa previa inaguantable fuera de recinto.

Todos felices. Los productores que se llenaron los bolsillos con un recinto sobrevendido, más cuando la prensa brilló por su ignorancia para denunciarlo. La banda, que a esta altura del tour ya alcanza sobresalientes niveles de fiato arriba del escenario entre sí.

Y por supuesto, los fans, esos que llenaron el recinto hasta las banderas, que viajaron en buses desde otros puntos, se organizaron y hasta soportaron el riesgo del hacinamiento temporal, trato que claramente manifestaré siempre como indigno para el considerable desembolso que nos permitió asistir a la velada.

Pudo ser mejor. Con organización, con marketing y mejor producción. Con un set de canciones más extenso. En fin. “Disconformidad es el apellido del fanático”, dicen.

A esta altura, ya es mejor conformarse. Ya les decía al principio que de lo bueno, poco. Siempre es igual …