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Agosto 18, 2026

Gobernar desde la izquierda en el siglo XXI

Los cambios de fin de siglo dejan un mundo donde los proyectos políticos fueron  trastocados por la caída del muro de Berlín. Bajo este símbolo  cae una visión de la izquierda en la cual los valores dependían en gran medida de imágenes cuyos referentes eran la Unión Soviética  y los Estados Unidos. La lente con la cual se observaba la realidad,  desde el llamado mundo libre, descalificaba  el comunismo  adjetivado como realmente existente.
Su punto de mira era la Unión Soviética. Y cuando no, se acudía a Camboya u otro país capaz de poner en entredicho la relación teoría y práctica. La lógica era sencilla. Buenos principios, mala práctica. Una utopía. Muerte, Gulag y degradación. Se trataba de mostrar los males de un sistema donde la irracionalidad, la falta de libertades y la persecución política, eran sinónimo de socialismo. Pocos  entrevieron lo contrario, un abandono de los principios y fundamentos prácticos y teóricos. La ceguera  afectó a la izquierda en la construcción de alternativas. Primero en Europa, bajo presión, cuestionó sus estrategias, su definición de partido, de revolución, de democracia, de socialismo, comunismo, en definitiva su identidad. El  anticapitalismo,  la idea de una revolución social, una concepción clasista del Estado, y de la lucha de clases, eran sustituidas por un lenguaje  contemporizador. Cansados querían participar del capitalismo de Estado. La socialdemocracia  consolidada en casi toda Europa occidental veía avanzar al  eurocomunismo en Francia, Italia y España.  Mientras tanto, en abril de 1974, una opción revolucionaria derrocaba la dictadura de Salazar en Portugal. Su duración efímera fue el símbolo de una izquierda incapaz de sostenerse en un mundo en reversa hacia la derecha. Ya nada sería igual. Así, la transición en España marca el nacimiento de una nueva izquierda en Europa donde los principios se manifiestan bajo la doctrina del liberalismo y una fuerte crítica hacia el Estado del Bienestar. Se anuncian otras maneras de actuar y del pensar. La confluencia de una izquierda acomodaticia cuyo objetivo es mostrarse eficiente y garantizar una buena gestión y administración del Estado emerge con un discurso de orden y estabilidad en tiempos de crisis. Los pactos de la Moncloa son parte de esta visión mítica de la nueva izquierda capaz de controlar los conflictos, las huelgas y limitar las luchas sociales dentro de la compatibilidad funcional. Así, Comunidades, ciudades, ayuntamientos y pueblos serán gobernados de igual manera a diestra y siniestra sin grandes diferencias. Lo importante será la gestión. Lo importante no es el color del gato sino que cazar ratones. No hay principios.  Incluso se modifica la concepción del mundo antiimperialista qu la acompaña. Se desarrolla en la izquierda europea el colonialismo del saber y del poder  al promover sus valores occidentales frente a gobernantes latinoamericanos  descalificándolos bajo  el Asan benito@  de populistas por aplicar políticas sociales  en tiempos de economía de mercado. Aquí comienzan las diferencias entre la izquierda de América latina y Europa. Tras la caída del muro de Berlín se harán mas evidentes.  

En América latina la izquierda política y social sufre rupturas  con tintes dramáticos. Si en los años sesenta  la nueva izquierda fue producto de la crítica al reformismo dando origen a los frentes de liberación nacional, en los años ochenta sus  componentes ideológicos muestran una involución. Las tiranías  imponen  la muerte.  El exilio marca la historia de una izquierda mermada en sus cuadros y en sus ideas. Aún así, las alternativas no fueron destruidas, mas bien se  colapsan   bajo la acción de las fuerzas armadas. Los proyectos de cambio, de lucha antiimperialista, democrática, popular y anticapitalista sigirán vigentes. Durante años y a pesar de la implantación de los programas neoliberales, los programas de Arbenz, Goulart, Salvador Allende o  del primer sandinismo, son  reivindicados como parte de una lucha por la liberación y la soberanía política. Ello, porque  ninguno de los problemas básicos de la región: salud, vivienda, educación, pobreza, han sido superados, se han agudizado. Sin embargo, la ruptura en la izquierda tiene un punto de no retorno. Tras la caída de las dictaduras, el debate se centró en el valor neutral de la democracia  enfrentando a toda la izquierda y produciendo una diáspora entre quienes sostuvieron que en América latina la izquierda no había sido democrática.  Así, algunos se mostraron inflexibles, y postularon que había llegado el momento de la autocrítica. La izquierda era un lobo con piel de cordero. No  aceptaba las reglas del juego democráticas. Se ufanaba de ellas y las utilizaba para imponer la dictadura del proletariado. Había que recular: la democracia tenía un valor en si misma. Era  un procedimiento neutral  para la elección de élites articulada a un Estado de derecho. Valor que la izquierda latinoamericana nunca le habia concedido. Emergía el modo de producción democrático. Con el regreso a los regímenes electorales, ello suponía argumentar que la izquierda, en el pasado, no había respetado ni creido en las eleccionesni en las instituciones. De esta manera caía sobre sus espaldas la responsabilidad de los golpes de Estado. Instaurar dictaduras del proletariado y romper el sentido de la democracia representativa convertía a la izquierda en parte de un pasado que era mejor olvidar. O se disolvía o se transformaba. Ya había caído el Muro de Berlín. El fracaso era total. Rectificar era de sabios. Ya no era tiempo del antiimperialismo, ni del proyecto de liberación nacional ni del anticapitalismo. La democracia no podía ser instrumental. Era un factor de identidad colectiva. La Utopía desarmada al decir de Jorge Castañeda. Una izquierda conformista asumirá la propuesta. Algunos  intelectuales de esta izquierda  buscarán cubrirse las espaldas arguyendo nociones de  gobernabilidad y eficiencia para participar  del poder y la administración estatal. Conceptos que dieron paso a una visión pragmática del sistema político. La caída del Frente Sandinista y la negociación del FMLN-FDR en El Salvador y La URNG en Guatemala, y las transiciones  en el Cono Sur dejan la huella de esta izquierda perdida  por la visión de no haber sido demócratas convencidos.

Esté haraquiri en la izquierda latinoamericana ha sido roto por quienes han levantado un proyecto alternativo gobernando en ciudades o enfrentandose a esta izquierda  y a la derecha bajo  postulados de la recuperación ética, enarbolando las banderas  contra el neoliberalismo y por ende anticapitalistas a la par que manteniendo una visión  donde no se trata  de gestionar mejor los recursos, sino de construir una sociedad cuyo horizonte histórico es la justicia social, la democracia,  la liberación y el socialismo. Solo esta actuación admite el calificativo de ser de izquierda en el siglo XXI.