Circulaba por la Gran Vía de Madrid escuchando la radio en el viejo Renault 8 que me acababa de comprar con grandes esfuerzos. Era el 23 de febrero de 1981. Había llegado a este país hacía sólo un par de años antes, como en una escala obligada, buscando la autorizaciòn de los militares chilenos para poder regresar a mi país. Me la negaban una y otra vez, por lo cual tuve que buscar un trabajo estable y seguro para mantener a mi esposa y tres hijos. E n ese entonces, era el responsable de cultura y comunicaciones del Ayuntamiento de Leganés, municipio de 200 habitantes, aledaño a Madrid.
El 23 F, España vivía una jornada importante: se elegía en el Parlamento al sucesor de Adolfo Suárez en la Presidencia del Gobierno. Suárez, que provenía del Movimiento Falangista, jugó un papel importantísimo al propiciar los llamados “Pactos de la Moncloa” que significaron abrir las puertas al proceso democrático español. Pero acababa de presentar sorpresivamente su renuncia al cargo, agobiado por presiones de todo tipo -especialmente militares- que aún hoy todavía no están totalmente esclarecidas. Por eso, las Cortes Españolas estaban repletas de parlamentarios y periodistas. Los unos, concientes del momento histórico que protagonizaban. Los otros, dispuestos a registrarlo justamente para la Historia.
Leopoldo Calvo Sotelo había presentado su programa de gobierno y se producía la votaciòn definitiva, como lo indica la Constitución. Era nominativa, por lo cual Landelillo Lavilla , que presidía el Pleno de la Cámara, había ordenado al Secretario que procediera a llamar alfabéticamente a “Sus Señorías” para que emitieran su voto. Estos emitían su voto de viva voz…”Si…No…Si…Si…” Iba en la letra “N” cuando se escucharon gritos, ruidos, incluso un disparo por los pasillos del bello ediicio de la Carrera de San Jerónimo. Un Teniente Coronel de la Guardia Civil, acompañado por varios agentes fuertemente armados, interrumpieron la sesión solemne. “¡Quieto todo el mundo!”, gritó el bigotudo jefe castrense.
La radio y la televisión transmitían en directo todo: la votación, primero…la irrupciòn violenta de los golpistas, después. El Parlamento en manos de un puñado de uniformados. Y el Gobierno en pleno, que asistía a la sesión solemne, también.
No me lo podía creer.
Sofocado, detuve el coche en un costado de la Gran Vía madrileña y seguí escuchando, hasta que tomé conciencia de la dimensión de los acontecimientos. ¡Un nuevo golpe de estado!…¡Otra vez sufrir!…pensé, mientras unos gruesos lagrimones me cruzaron el rostro recordando la tragedia de Chile del ’73…y mi propia tragedia. Tras unos minutos eternos, puse de nuevo en marcha el auto y me dirigí rápidamente a El Escorial, a 45 kilómetros de Madrid, donde vivía con mi familia en un departamentito alquilado. (En ese entonces era más barato arrendar en las afueras de Madrid… y El Escorial turístico, histórico y bello, resultaba más barato aún para quienes ocupabamos las viviendas todo el año). Me estreché con mi esposa y mis hijos en un abrazo largo, interminable, dramático. Después, me puse a llamar por teléfono para saber qué se podía hacer.
Eric Schnake, Alejandro Jiliberto, Ricardo Núñez…en fin, una decena de dirigentes socialistas chilenos que residían en España, nos comunicamos en un verdadero corro de incredulidad, desconcierto y temor. Cada cual llamaba a sus amigos requiriendo informaciones que nos permitieran saber cuál era la dimensión del “golpe de estado”…Y, también, para ver qué podíamos hacer el grupo de exiliados chilenos que llegó a España buscando la fórmula para continuar el regreso a su país.
Desde las 18,30 horas del martes 23 de febrero de 1981, en que el Teniente Coronel Antonio Tejero Molina entró pistola en mano en las Cortes Españolas, hasta la 1,14 de la madrugada del miércoles 24 en que el Rey Don Juan Carlos salió por televisión parando y condenando la acción golpista, casi no pude respirar. Fueron horas y horas de dramática, de angustiosa espera.
Nosotros habíamos vivido (¡y sufrido!) la brutalidad de una acción de este tipo. Además, comprendíamos que el sueño de la inmensa mayoría de los españoles, se tambaleaba, en lo que parecía ser una repetición de la más negra etapa de su historia.
Ese 24 España volvió a respirar. El pueblo de Madrid salió a las calles en una manifestación que se recordará por muchísimo tiempo, porque reunió a pobres y ricos, a empleados y patrones, a viejos y jóvenes…a todos los que habían respaldado la apertura democrática, que eran casi todos en este país.
Una manifestaciòn que cubrió calles, paseos y avenidas del centro de la capital. Que iluminó Madrid. Que proyectó su silueta por toda la península y que sirvió de vacuna contra los intentos de otros golpistas que quisiesen venir después.
España creció desde entonces.
Ahora, a veinticinco años de distancia de aquellos hechos, el balance no puede ser mejor: España se ha desarrollado en forma espectacular, su población vive mucho mejor. Su democracia es estable y fuerte. El país es respetado internacionalmente.
Nadie piensa siquiera que aquí podría volver a repetirse acontecimientos tan lamentables como aquellos.
Se me grabó en el alma todo lo ocurrido aquellas horas. Pero, por deformaciòn profesional, me ha quedado sobreimpresionado el papel de los medios de comunicación, especialmente la radio. El micrófono oportuno que quedó abierto dentro del hemiciclo, registrando las dramáticas horas del cautiverio. El micrófono que amplificó declaraciones de personajes de aquí y de todo el mundo censurando la acción golpista. El micrófono que llevó conformidad y consuelo a las familias de los secuestrados. El micrófono que llevó a España entera la voz pausada y firme de su Monarca, parando el golpe y dirigendo los destinos del país hacia la democracia.
¡Nunca más, España!. ¡Nunca más!.
Leopoldo Calvo Sotelo había presentado su programa de gobierno y se producía la votaciòn definitiva, como lo indica la Constitución. Era nominativa, por lo cual Landelillo Lavilla , que presidía el Pleno de la Cámara, había ordenado al Secretario que procediera a llamar alfabéticamente a “Sus Señorías” para que emitieran su voto. Estos emitían su voto de viva voz…”Si…No…Si…Si…” Iba en la letra “N” cuando se escucharon gritos, ruidos, incluso un disparo por los pasillos del bello ediicio de la Carrera de San Jerónimo. Un Teniente Coronel de la Guardia Civil, acompañado por varios agentes fuertemente armados, interrumpieron la sesión solemne. “¡Quieto todo el mundo!”, gritó el bigotudo jefe castrense.
La radio y la televisión transmitían en directo todo: la votación, primero…la irrupciòn violenta de los golpistas, después. El Parlamento en manos de un puñado de uniformados. Y el Gobierno en pleno, que asistía a la sesión solemne, también.
No me lo podía creer.
Sofocado, detuve el coche en un costado de la Gran Vía madrileña y seguí escuchando, hasta que tomé conciencia de la dimensión de los acontecimientos. ¡Un nuevo golpe de estado!…¡Otra vez sufrir!…pensé, mientras unos gruesos lagrimones me cruzaron el rostro recordando la tragedia de Chile del ’73…y mi propia tragedia. Tras unos minutos eternos, puse de nuevo en marcha el auto y me dirigí rápidamente a El Escorial, a 45 kilómetros de Madrid, donde vivía con mi familia en un departamentito alquilado. (En ese entonces era más barato arrendar en las afueras de Madrid… y El Escorial turístico, histórico y bello, resultaba más barato aún para quienes ocupabamos las viviendas todo el año). Me estreché con mi esposa y mis hijos en un abrazo largo, interminable, dramático. Después, me puse a llamar por teléfono para saber qué se podía hacer.
Eric Schnake, Alejandro Jiliberto, Ricardo Núñez…en fin, una decena de dirigentes socialistas chilenos que residían en España, nos comunicamos en un verdadero corro de incredulidad, desconcierto y temor. Cada cual llamaba a sus amigos requiriendo informaciones que nos permitieran saber cuál era la dimensión del “golpe de estado”…Y, también, para ver qué podíamos hacer el grupo de exiliados chilenos que llegó a España buscando la fórmula para continuar el regreso a su país.
Desde las 18,30 horas del martes 23 de febrero de 1981, en que el Teniente Coronel Antonio Tejero Molina entró pistola en mano en las Cortes Españolas, hasta la 1,14 de la madrugada del miércoles 24 en que el Rey Don Juan Carlos salió por televisión parando y condenando la acción golpista, casi no pude respirar. Fueron horas y horas de dramática, de angustiosa espera.
Nosotros habíamos vivido (¡y sufrido!) la brutalidad de una acción de este tipo. Además, comprendíamos que el sueño de la inmensa mayoría de los españoles, se tambaleaba, en lo que parecía ser una repetición de la más negra etapa de su historia.
Ese 24 España volvió a respirar. El pueblo de Madrid salió a las calles en una manifestación que se recordará por muchísimo tiempo, porque reunió a pobres y ricos, a empleados y patrones, a viejos y jóvenes…a todos los que habían respaldado la apertura democrática, que eran casi todos en este país.
Una manifestaciòn que cubrió calles, paseos y avenidas del centro de la capital. Que iluminó Madrid. Que proyectó su silueta por toda la península y que sirvió de vacuna contra los intentos de otros golpistas que quisiesen venir después.
España creció desde entonces.
Ahora, a veinticinco años de distancia de aquellos hechos, el balance no puede ser mejor: España se ha desarrollado en forma espectacular, su población vive mucho mejor. Su democracia es estable y fuerte. El país es respetado internacionalmente.
Nadie piensa siquiera que aquí podría volver a repetirse acontecimientos tan lamentables como aquellos.
Se me grabó en el alma todo lo ocurrido aquellas horas. Pero, por deformaciòn profesional, me ha quedado sobreimpresionado el papel de los medios de comunicación, especialmente la radio. El micrófono oportuno que quedó abierto dentro del hemiciclo, registrando las dramáticas horas del cautiverio. El micrófono que amplificó declaraciones de personajes de aquí y de todo el mundo censurando la acción golpista. El micrófono que llevó conformidad y consuelo a las familias de los secuestrados. El micrófono que llevó a España entera la voz pausada y firme de su Monarca, parando el golpe y dirigendo los destinos del país hacia la democracia.
¡Nunca más, España!. ¡Nunca más!.
Y me quedo con las palabras que dijo el director de informativos de una importante emisora de aquí, cuando la normalidad volvió al país, 24 horas despues: “Ha sido el programa informativo más largo que esta emisora ha emitido jamás. Estamos agotados físicamente. Pero hemos acrecentado nuestra ilusión por vivir en paz. Ahora volvemos a nuestra programación habitual y lo hacemos con un ¡Buenas tardes, Libertad!”.