Mientras el virus ha tenido fronteras, allá en África, ese inframundo habitado por parias, el orden de las cosas sigue su cauce. Los muertos no contaban, salvo aquellos pertenecientes a organizaciones religiosas, misioneros, médicos, enfermeras y personal auxiliar de organizaciones humanitarias, de piel blanca, trasplantados al, eufemísticamente apodado, continente negro. Mucha víctimas del Ébola u otras enfermedades infeccionas han pasado a la categoría de Santos y mártires. Religiosos altruistas que dan su vida por ayudar al desvalido. Una manera como cualquier otra de salvar el alma y redimir el sentimiento de culpa propio de pecadores. Igualmente, médicos, deportistas, actores y gente de la farándula hacen campaña para apadrinar un niño, construir una escuela o levantar un hospital. África es un buen lugar dónde practicar la condición de buen samaritano. Inclusive, Naciones Unidas tiene sus embajadores, gente de bien al servicio de causas humanitarias. Acciones que ennoblecen y reivindican alhomo sapiens, sapiens, como seres reflexivos y conscientes, dolosos con la desgracia ajena, al decir de Adam Smith.
Leer más