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Agosto 18, 2026

¿Qué hicimos el 11?

El 11 muy temprano sonó el teléfono en la casa del Mediocampista.
“¿Jaime?”
“Jaime. Se alzó la Marina. Ya hablé con el Presidente. Él se va a La Moneda. Yo al partido. Tú, a la radio, como lo habíamos conversado”.
“Me visto y salgo. No te preocupís”.
 
Necesitaba un vehículo. El suyo estaba en reparaciones. Y ojalá que lo acompañara un  periodista, mientras más militante mejor.
Llamó a uno. Respuesta inmediata.
“Tengo que ir al supermercado con la señora, no le puedo decir que no”.
Llamó a otro, un cabro que aún no terminaba la universidad pero que tenía pasta.
“¿Jorge Andrés?”
“¿Viejo?”
“Sí, Jorge Andrés. Me acaba de llamar Jaime. Hay golpe y debemos ir a la radio”.
“Te paso a buscar en la citroneta en quince minutos”.
A la hora indicada pasó Jorge Andrés Richards. No eran aún las 7 de la mañana. A las 7,30 llegaban cerca del Parque Forestal. A la gente no la dejaban pasar hacia el centro. Los militares ocupaban las calles con pañoletas de color al cuello. Amarillas, rosadas. Todo el tráfico por Pío Nono hacia el norte.
“Ustedes también”.
“No, nosotros debemos seguir derecho por el parque. Vamos a la radio. La radio Sargento Candelaria. Somos periodistas de gobierno. Déjennos pasar”.
“Adelante”.
A las 7,30 horas del día 11 de septiembre de 1973 los militares de la tropa no sabían qué estaban haciendo. Las órdenes eran sin connotaciones políticas, menos aún antigobiernistas.
El Mediocampista y Jorge Andrés llegaron a la radio antes de las 8 de la mañana. Estaban el control y un locutor, que hacía su programa matutino de canciones y bromas. Pero ese día no estuvo para bromas. A la segunda pasada de un avión por sobre el cerro Santa Lucía, el locutor palideció y enmudeció.
“Quiere usted retirarse, irse para su casa?” preguntó el Mediocampista.
“Si señor” dijo el locutor.
De allí para adelante, todo lo que se tuvo que locutear ese día fueron improvisaciones del Mediocampista y de Jorge Andrés.
En el puesto de control, y hasta la hora que su horario normal establecía, estuvo Echeverría, un control muy profesional, momio a juicio del Mediocampista, que sentenció:
“Yo me quedo hasta cumplir mi horario. No me meto en política”.
Era el mismo que hacía en la noche Recuerdos de la vieja vitrola. La canción más repetida del programa, Rumbo a Siberia mañana molestaba mucho al Mediocampista.
El Mediocampista y Jorge Andrés tuvieron buena compañía esa mañana. Mario Landa, que ya se fue a reportear a otro mundo, con su eterno cigarrillo de joven Tito Mundt y su eterna grabadora de Mario Gómez López; Marie Jean Oligier, que fue a morirse a Costa Rica, con su pelo corto de príncipe valiente, y la Vieja Espinoza, calmado y con alma de sacerdote laico pero sacerdote de verdad. Ellos escuchaban radios, se comunicaban, monitoreaban, intercambiaban informaciones.
A cada rato sonaba el teléfono de la emisora.
Es para usted, decía el que contestaba pasándole el teléfono al Mediocampista.
“Alo?”
“Aló. Mire, le hablo en nombre de la Junta de Gobierno. Usted debe proceder a poner fin a las transmisiones. De otra manera…”
“¿Junta de Gobierno? ¡Váyase a la concha de su madre!”.
Y el Mediocampista cortaba. Proseguía la improvisación llamando a la unidad de los demócratas y los constitucionalistas. Los fascistas serían derrotados.
“El Presidente va a hablar por cadena” dijo alguno de los periodistas.
“Conéctate a la Portales” dijo el Mediocampista.
“La Portales está fuera del dial.”
“¿Fuera del dial? ¿Y por qué nosotros no? Ya lo veremos. Cuélgate de la Magallanes”.
El Mediocampista actuaba aceleradamente, con calor, un tanto sofocado, como si estuviera con la manta puesta, pero la manta la había dejado en una silla al entrar a la radio.
No entendió bien qué quiso decir Allende con eso de “éstas son mis últimas palabras”.
Los partícipes de una acción objetivamente heroica no suelen percatarse de lo que juegan y de lo que se juegan en el momento. Son normales. La vida sigue más o menos igual. La gente transita por la calle. Los edificios anclados donde mismo. Los automóviles. Los árboles. El día lluvioso. Se actúa.