La crisis económica traspasa absolutamente todo dado que su eje central –neoliberalismo- ha trastocado los engranajes valóricos del sujeto histórico de occidente. En este sentido, conceptos como “verdad”, “conocimiento” o “bien y mal” se explican mediante la utilización de la escala intelectual y axiológica propuesta por la sociedad de consumo, y más específicamente, por las cúpulas de poder del sistema establecido. Así por ejemplo, cuestiones vinculadas directamente con la reivindicación de las minorías, como la legislación del aborto o los matrimonios entre lesbianas y homosexuales, tienen lugar en la agenda pública en la medida que pueden representar –casi siempre- fuentes de ingresos económicos que antes no existían y en muy pocos casos vienen a simbolizar un avance verdadero respecto a las demandas efectuadas por ciertos sectores de la sociedad y que anhelan una sociedad más justa, donde se respeten los Derechos Humanos.
Crisis Económica, Crisis de Sentido.
Toda vez que hay una catástrofe económica se empieza a esbozar la inevitable crisis de sentido. En nuestro tiempo –dirá un irracionalista- la única herramienta disponible es el instinto porque la actual humanidad exhibe demasiada resistencia contra las nomenclaturas metafísicas socialmente establecidas, en particular el cristianismo.
Siendo honestos: más allá de los parámetros de la ley ¿A quién le interesa vivir la vida al son de los diez mandamientos?
En época de crisis económica, aquellos valores propuestos por el establishment y que solían promover una alegría simplista y de fácil acceso, sufren una alteración considerable pues ese espejo de plástico y bebidas de fantasía en el que cientos de hombres y mujeres solían reflejar su alma, se empieza a destruir de a poco y hasta que sus últimos residuos caigan como un rayo letal sobre los ennegrecidos corazones. Con tal panorama de brutalidad y desconsuelo, no resulta una tarea demasiado compleja imaginar el aumento de cuadros depresivos en aquellos que confiaron demasiado en los reproductores de música, celulares, jofainas voladoras y otras tantas fruslerías con pretensiones reales de convertirse cada una en la piedra filosofal, y que ahora, en virtud de su total anulación por la escasez real de dinero –el ticket de ingreso al jardín del Edén- yacen como cardos muertos sobre el yermo paraje en el que se ha convertido la realidad de nuestro tiempo.
El retorno del Rey
En los tiempos de la opulencia a nadie le importaba realmente Dios, ya que las promesas cristianas del cielo eterno parecían mera chocarrería comparadas con la estabilidad, plenitud y vida eterna ofrecidas por el neoliberalismo y que encima se cumplían en el tiempo y el espacio: no había que soportar un escenario delirante de penitencia para ganarse el cielo pues el hombre ya había hecho del paraíso su hogar. Como indica la costumbre, y dado el aturdimiento paulatino del cerebro humano provocado por la sociedad occidental que se vanagloria de ofrecer información y cultura a diestra y siniestra, (El “paradigma” de la filosofía de la conciencia no está tan muerto después de todo), existen dos posibilidades efectivas en las que todo hombre y toda mujer atormentados por la duda y la soledad suelen hallar la dicha y solaz: el suicidio y el retorno a la iglesia primitiva.
El suicidio implica una revolución del intelecto, pues se transforma en la única oportunidad para tomar por vez primera –aún cuando su motivación es provocada en tiempos de crisis por el mismo sistema establecido- una decisión autónoma, el control efectivo sobre la existencia, pero también sobre la vida. Alguien se preguntará ¿Existe entre nosotros los seres pensantes, una actitud más llena de renuncia, de escapismo, de desprecio y resistencia contra la vida? Por supuesto que sí: ante todo el panorama de imbecilidad y pestilencia en el que se ha convertido la realidad es una demostración tangible de lo mucho que en vida despreciamos a la vida, atosigándola con nuestros humores funestos, con nuestro cansancio, con nuestro atormentado e indescriptible abatimiento. Ante la duda y el temor a la extinción, hay quienes consideran que ni Dios ni el hombre pueden otorgar el bálsamo con el cual suavizar las asperezas y las heridas profundas y toman la decisión de acabar con la desdicha a través del bloqueo definitivo de la fuerza inmanente de los sentidos: sogas, carabinas, pociones mágicas y otros tantos artilugios serán empleados para concretar la colosal misión, con el único objetivo de poner fin a la contemplación de un mundo que de pronto se ha vuelto hostil y que transforma a hombres y mujeres en parias, en meras unidades imposibles de describir o penetrar y que sólo serán atormentadas con el vomitivo escenario en el que se ha convertido la comedia de la vida.
Habrá otros que buscarán nuevamente a la deidad y esta vez con mirada suplicante, arrodillados ante la misericordia de ese ser inexistente –en tanto que no se percibe directamente a través de los sentidos sino con el favor del alma- y que todo es y todo abarca, Dios, el rey que siempre retorna. En este sentido la crisis se pone de parte de charlatanes, oscurantistas y buhoneros: serán ellos quienes guiarán al populacho desencantado de la realidad por las sendas del fanatismo y la ceguera intelectual, susurrándoles al oído promesas de salvación y de vida eterna, siempre y cuando ayuden a reconstruir la iglesia primitiva, ojalá con cemento y ventanales de aluminio, con antena parabólica, hidromasaje y baños turcos. Como el Catolicismo ha sembrado la duda producto de las decisiones acertadas del ex nazi que ahora regenta toda su estructura (y aún cuando haya descartado El Limbo), el escenario se presenta ideal para el surgimiento de nuevos cataclismos cristianos de hocico y patas, atiborrados de buenas intenciones, fanatismo y superficialidad pero que ofrecerán respuestas simplonas y donosas a una chusma con hambre y sed de tranquilidad y esperanza luego de contemplar un mundo tan “perfecto”. No faltará quien revuelva a Jesucristo con los Arcanos Mayores o a María y José con las runas y el oráculo de Bellini: todo es válido en la lucha constante por ganar el corazón de los adeptos, aquellos hombres y mujeres temerosos e inocentes que repletarán de tesoros las arcas de los improvisados “iluminados” de nuestro tiempo. Ecce Hommo.
Aún cuando la dualidad descrita recientemente se vea empapada de una visión hilarante y apocalíptica, lo cierto es que la crisis devendrá dolor y aflicción, especialmente en los más débiles, en los que dejaron que la vida regentada por los otros se colara sin impedimentos a través de los sentidos, hasta desbaratarlos y dejarlos convertidos en un puñado de certezas mustias como nardos secos. La clave del sentido de la vida –pienso yo- está en tratar nosotros mismos de encontrarla, porque para eso tenemos la certeza real de que fuimos arrojados al mundo provistos de existencia y de racionalidad; somos los entes capaces de abrirnos a otros entes, diría el insoportable Heidegger. Y además tenemos voz, acción y reacción, lo que es muy útil cuando a propósito de los desastres y hecatombes surgen estos señores de la resucitación, negros, blancos y amarillos, y que pretenden hacernos creer que el sistema todavía promete glorias y vida útil, y que nos dicen en una lengua que no alcanzamos a comprender “no te asustes hermano, yo prometo el paraíso”. A estas alturas ¡Cómo no! ¿Podemos seguir creyendo en el eterno todavía?
