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Agosto 18, 2026

Los problemas de la alegría

Iconoclastia.“Si nuestra época ha alcanzado una interminable fuerza de destrucción hay que hacer la revolución que cree una indeterminable fuerza de creación: que fortalezca los recuerdos, precise los sueños, de sustancia  a las imágenes.” Juan Goystiolo

Algunas vez un funcionario del Consulado de Chile en Argentina, cuyo nombre no puedo acordarme, me señaló la radical diferencia de la “Puesta en escena” de la protesta social a ambos lados de la cordillera:

Mientras en Argentina la protestas callejeras presentaban una parafernalia monumental (corpulentos obreros stajanovianos de camisa abierta, largas filas de banderas rojas, las calles cortadas por piqueteros enmascarados de actitud marcial, los bombos peronistas y las bombas de estruendo…) el enfrentamiento directo con la fuerza policial pocas veces llegaba a ocurrir, llevando adelante lo que el mencionado diplomático llego a titular como una “opereta” de la lucha de clases.

En cambio en Chile la protesta callejera devenía inevitablemente en violencia, en desborde, en innecesario y dispar enfrentamiento directo. Quienes hemos participado alguna vez de una manifestación política o social en Chile sabemos de la alta posibilidad de que esta concluya en una represión, una especie de tragedia, donde los actores ya saben de antemano el desenlace de sus actos.

Las protestas en Chile son violentas, las huelgas en Chile son violentas, basta echar una mirada al estudio de Gabriel Salazar sobre violencia política popular para darse cuenta de que no han sido pocas las barricadas que se han alzado en las grandes alamedas…

Pero mas allá de “vanguardias” que apologizan la “acción directa”, aparatos represivos militarizados e impetuosos, o incluso las instancias etarias que dentro del necesario enfrentamiento a la autoridad predisponen en algún grado a la violencia; existe un factor, un común denominador, un pathos, que es imposible dejar de percibir: La  Rabia.

La rabia es hoy una palabra complicada, en parte temida por el pacifismo burgués, en parte ridiculizada por el Armonil (y otros medicamentos menos naturales), aparece poco en los medios, los discursos o los análisis políticos. Pero no muy lejos, allá por los primeros años 70’s, no fueron pocos los titulares encabezados por un “Junten Rabia Chilenos”, y los no tan lejanos comunicados del EZLN a veces también  hacen referencia a este estrepitoso sentimiento.

No una rabia de clase, no una rabia generacional, no una rabia étnica, no una rabia de género, sino una rabia transversal, una meta-rabia… una Rabia con r mayúscula. Múltiple, contradictoria, paradójica… la rabia del chico que rompe la parada de colectivos, transformada en pantalla publicitaria de las grandes tiendas, de las grandes marcas,  del mejor postor. Que rompe las vidrieras donde relucen las sonrisas parejitas y los ojos claros de los actores y actrices que, seguro, ve por la tele cada día.

No tanto por lo que representan sino por que NO lo representan.

El iconoclasta no destruye por que odia lo que ve (su mama compra en esa multitienda, el mira a esos actores en la tele), no destruye el espacio público por que le molesta lo que representa (al contrario: el quizás espera que todo sea publico).

El iconoclasta destruye por que la efigie (del mercado, del estado…)  es una ilusión edulcorada de la verdad (en el siglo IV del verdadero Dios, en el siglo XXI de la verdadera relación entre Capital y Trabajo), velo, falsa conciencia.

La rabia, ese concepto tan poco científico, ayuda a explicar el por que tras las represiones brutales de los años 80’s, las protestas populares contra la dictadura crecieron de forma exponencial año tras años, pese a la también creciente cantidad de victimas; el por que tras las duras represiones de las primeras movilizaciones de secundarios el movimiento genero un enorme e inesperado apoyo; la persistencia de los activistas mapuches…

Pero durante el mes de diciembre y los primeros días de enero me toco volver a viajar a Chile. Y algo había cambiado…

En unas pocas semanas presencie movilizaciones de trabajadores se supermercados, multitiendas, afps e isapres, huelgas legales y movilizaciones masivas, pancartas, gritos y redoblantes, volantes, tambores, la infaltable rabia y, oh sorpresa, alegría, mucha alegría.

1.     Viva la Fete.

“Tal vez el rostro/ de la impetuosa alegría/sea como el de la calle y sus centenares de hojas/victoriosas después de la tormenta.” Boris Leonidovich Pasternak

Yo era chico, realmente muy chico, pero me acuerdo del jingle de esas elecciones: “Chile, la alegría ya viene”… y la noche cuando gano la alegría la gente salió a las calles, regalaba flores a los carabineros, se abrazaban o descorchaban champaña. Horas mas tardes volvieron los tiros… definitivamente la alegría tardaría mas en llegar.

La alegría espontanea, masiva, callejera, y por que no también subversiva, “ambivalente” como señala Bajtin (…) llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, que niega y afirma, amortaja y resucita a la vez.”, era algo que hasta esa noche en que gano la alegría se había intentado dejado de lado.
La represión dictatorial había borrado no solo la alegría individual (arruinando vidas y sueños) de miles de chilenos sino que además destruyo los espacios y las posibilidades de la alegría colectiva, masiva, de las manifestaciones publicas. Relegándola solo a los mas bien escasos triunfos deportivos.


Borrabase así la alegría del triunfo de Allende, o las marchas y demostraciones, de los discursos incendiarios en el Teatro Caupolicán…

Y si bien el retorno de la democracia se baso en una promesa de venidera alegría, la reorganización del país, con la intrincada mecánica que protegería el equilibrios entre victimarios prepotentes y victimas prudentes, sin duda demoro la llegada de esta.

Con los 11 de septiembre, con las marchas de trabajadores, de mapuches, de familiares de detenidos desaparecidos o presos político, de deudores habitacionales, la gente volvía a las calles pero con poca alegría, y mucha, mucha rabia.

Pero poco a poco la cosa empezó a cambiar y la alegría empezó a aparecer cada vez más en las manifestaciones sociales y políticas masivas. Quizás en un primer momento con la necearía y quizás sobreactuada desfachatez de las minorías sexuales, en la sorprendentemente masiva y espontanea celebración del triunfo de Bachelet, en la polémica y también masiva celebración de la muerte de Pinochet,  y ya en toda su potencia generacional, etaria y hormonal durante la llamada “Revolución de los Pingüinos”. Empezaron así a verse menos rostros iracundos, menos molotovs, aunque no menos represión en la mayoría de los casos, la rabia daba paso, poco a poco, a esa alegría.

Tampoco es que las manifestaciones sociales son actualmente un “canto a  la  vida”: las represiones de los pescadores artesanales, de los rescoldos del movimiento secundario, del grueso de las manifestaciones de trabajadores y agrupaciones de izquierda, de los grupos políticos mapuches, denotan que todavía la rabia es el motor de la historia política en la “Segunda República Chilena”… pero al alegría esta y tiende a convertirse en factor necesario.

El día que murió Pinochet vi por la noche un reportaje a un senador de la UDI, que llamaba a la reflexión acerca de lo “anormal”, de lo contrario a la “esencia del chileno”, que eran los festejos espontáneos y masivos ante la muerte del dictador… la alegría popular le parecía incomprensible e insultante, negación de su esencia.

La alegría, su manifestación, su política, es el problema.

En tan solo dos semanas en el centro de Santiago vi marchas de trabajadores, contra los despidos, por aumentos salariales, por negociaciones colectivas, por mejoras en las condiciones laborales… todos los que marchaban tenían por lo menos preocupación (se jugaban sueldos, trabajos y se exponían a despidos) pero en al calle, cuando gritaban, cuando bajaban la persiana metálica de la multitienda o conversaban con la gente para explicar lo que hacían, se notaba su alegría.

Y fue hermoso verlo.

Santiago, y Chile, más que muñecas gigantes, títeres callejeros o espectáculos de discutible calidad artística, necesitan el espectáculo callejero de la reivindicación de los derechos cívicos. Necesita mas gente feliz en la calle defendiendo lo que le corresponde, lo que quiere, lo que es.

Roberto Matta pinto alguna vez un hermoso mural, en el cual la bandera chilena mostraba, en lugar de una estrella, una mano blanca, encabezada por la consigna: “La verdadera estrella de un país son el trabajo y la alegría de su pueblo”. Pasar de la política de la rabia a la política de la alegría… quizás a esa “Alegría de la sublevación” a la que apelaba Lenin en una vieja charla con Bujarin, alegría que describió Reed en sus “Diez días que conmovieron al mundo”.

Solo eso quería decir…

Pd.: No esta de mas señalar el detalle de la ínfima difusión de estas huelgas, legales todas, tuvieron en los medios: cuando las son estos mismos supermercados, tiendas de ritails, o isapres, son los que dan el “alto auspicio” a los diarios y noticieros es realmente fácil manejar la información…