Por eso me atrevo a decir que no estoy de acuerdo con lo que se expresa en el artículo publicado aquí mismo el 13 de enero, denominado “Se busca derrotar al contrario y no dirigir la patria”. No tanto en algunas cosas de fondo sino en las de forma discrepo, y ya se sabe que a menudo la forma es el fondo.
En primer lugar, habla mucho de los “viejos”, los “ancianos” y los “abuelitos muñequeros de izquierda”. Esto me molesta sobremanera porque también soy una abuelita de izquierda pero no muñequera ni partidaria de la actual dirección del Partido Socialista ni del gobierno de la Concertación. Descalificar a los viejos es una actitud discriminatoria inaceptable. La edad es una de las pocas características de los seres humanos de la cuál éstos no son responsables y que por lo tanto no se les puede reprochar.
Por otra parte, quede claro que las posiciones políticas no dependen de la edad. Hay muchos viejos de izquierda, hay muchos viejos revolucionarios, entre los cuales me incluyo, y muchos jóvenes de derecha y reaccionarios. Es más, casi se diría que ahora en Chile hay más viejos que jóvenes de izquierda porque los viejos traemos esa cultura desde hace mucho tiempo, anterior incluso la época de Allende, en cambio la mayoría de los jóvenes o los no tan jóvenes se formaron o más bien se deformaron bajo la dictadura, y ya vemos los resultados.
No creo tampoco que las contiendas políticas sean unos corsos de flores. Y en cuanto a las luchas de clases, aunque el capitalismo triunfante -hasta hace poco- haya pretendido borrarlas del mapa, son como las brujas: que las hay, las hay.
Levantar la patria es tarea de todos los chilenos, dice el autor del artículo, y ojalá fuera así pero no lo es. Porque todos los chilenos no somos iguales ni perseguimos los mismos fines ni concebimos de la misma forma la sociedad en que quisiéramos vivir. ¿Qué tiene que ver un obrero de la construcción con el difunto Ricardo Claro o con sus herederos?
Yo no me siento igual al señor Piñera ni a ninguno de esos caballeros y protesto si me dicen que soy igual a ellos.
Me parece lamentable tener que estar recordando en Clarín cosas elementales: que hay explotadores y explotados, que hay ricos y pobres, que los intereses de unos se oponen a los intereses de los otros, que existe algo que se llama lucha de clases, etc., etc.
No creo que exista una “solidaridad” para todos y entre todos. Creo que debe existir una solidaridad entre los explotados, los trabajadores, los excluidos, los que sí han sido derrotados hasta ahora, que son la inmensa mayoría.
“Vamos a construir una patria sana, llena de fraternidad y de solidaridad”, dice el artículo de marras. Pues yo pienso que es muy sano no sentirse fraterno con los explotadores que hasta ahora han manejado al país en los hechos ni con los intereses que han primado en Chile, que son los de la gran burguesía y del gran capital (aunque me digan que estoy usando una terminología de viejos).
Se dice en ese singular artículo: “El diccionario político del siglo XXI no debe ser competitivo sino que unir la patria”. Pues esto lo deberían haber pensado los señores capitalistas antes de que se les comenzara a desmoronar el tinglado. Ya es tarde.
Y sigue: “El exclusionismo es antiguo, sectario y antidemocrático. Es racista.”
Vaya, qué barbaridad. Supongo que con “exclusionismo” quiere decir excluir a algunos –los capitalistas, los ricos, los dueños, los amos- de beneficios especiales. Pues tendrán la posibilidad de mandar a sus hijos a las mismas escuelas que los obreros, excelentes escuelas gratuitas, de eso se trata. Porque un gobierno de izquierda no deberá ser excluyente, sino incluyente para todos por igual. Pues no me queda más que decir esto: si eso es ser racista, yo me declaro más racista que el Ku Klux Klan.
Es verdad, el lenguaje se ha empobrecido y ha decaído, debemos reconstruirlo. Pero no para hacerlo más aguachento o más confuso, sino para recuperar ideas y conceptos que se han demostrado ciertos con el tiempo y que ahora se hacen más actuales que nunca: explotación, lucha de clases, pueblo y tantos otros. Este no es un lenguaje poco humano, es el lenguaje del máximo humanismo porque atiende a los intereses y a la salvación de las grandes mayorías de seres humanos, nacionales y mundiales.
Es verdad que no sólo hay que hablar de derrotar al contrario sino explicar cuál es nuestra propuesta. Porque decir que hay que derrotar al contrario y en la práctica proponer o hacer lo mismo que él, es una falacia, un engaño.
Pero rechazo absolutamente la frase de que “No se puede llamar al pueblo al derrumbe de una parte de la sociedad”, porque nadie que sea de izquierda haría eso. Las personas auténticamente de izquierda no pretenden el derrumbe de una parte de la sociedad. Pretenden que todos tengan las mismas oportunidades.
Ya a esta altura no queda más alternativa que construir una sociedad socialista democrática, porque la sociedad capitalista ya está dando boqueadas. Y en una sociedad socialista democrática no se excluirá a nadie pero tampoco se privilegiará a nadie.
Pero rechazo también que no se pueda “llamar al pueblo a una lucha, a un combate”. Y continúa diciendo el artículo que eso “O es fascismo o es militarismo gorila”.
Todas las luchas libradas por los pueblos desde que el mundo es mundo, acordémonos solamente de Espartaco, de la Revolución Francesa, de la Comuna de París, de las guerras independentistas de América Latina ¿fueron fascismo o militarismo gorila? ¿Debemos renegar de todo eso?
Y sí concuerdo con el compañero Godosky en que el rescate del chacal cobarde y ladrón y su traída a Chile fue una vergüenza, de eso no cabe duda.
Margarita Labarca Goddard
