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Agosto 18, 2026

Decálogo para el Futuro

Un país no limita en sus fronteras sino en el proyecto de Nación que está llamado a construir. El derecho a soñar un país distinto es inalienable y es parte fundamental de la esperanza que permite construir un futuro mejor. Nuestros sueños no se contentan con mejorar el rostro de Chile sino, cambiar su alma en el sentido más profundo.

La Concertación, que al  finalizar el gobierno de la Presidenta Bachelet  habrá gobernado continuadamente  durante  20 años, ha cambiado muy profundamente la faz del país. Una de las paradojas que enfrenta la Coalición resulta de su dificultad para continuar representando a esa nueva  ciudadanía que  ella tan poderosamente contribuyó a forjar.

Esta paradoja tiene una explicación. La Concertación de Partidos por la Democracia por asegurar la gobernabilidad renunció a efectuar cambios estructurales profundos, los cuales, contradictoriamente, constituían su razón de ser, como alternativa al modelo económico, social y cultural instaurado en el pasado. Ha faltado la creatividad, el liderazgo y el convencimiento para avanzar en una propuesta innovadora, compatible con la realidad de comienzos de siglo.

En el marco de una transición considerada para algunos como exitosa se ha producido la consolidación de un modelo de sociedad alejado del que la mayoría aspiraba. En efecto, de una economía de mercado se ha terminado generando una sociedad de mercado. E incluso más: una democracia de mercado. La lógica de la rentabilidad y el lucro domina en todos los planos.  De hecho, en Chile todos los servicios  básicos pueden ser fuente de enriquecimiento  para reducidos grupos económicos que muy a menudo abusan en contra de consumidores prácticamente indefensos.  Por ejemplo, la educación pública, pilar de la integración republicana y del acceso a las oportunidades sobre la base del mérito y no a los privilegios de cuna, hoy día ha llegado a ser relegada en todos los niveles y enfrenta una crisis de graves dimensiones, coartando su misión de movilidad social en medio de una creciente privatización.

Asimismo, a pesar de la reforma, el sector público de la salud enfrenta amenazas de gran envergadura. Las garantías explicitas, un avance evidente, no se logran consolidar hacia el futuro porque no se han hecho todas las inversiones necesarias para asegurar que la infraestructura y equipamiento hospitalario puedan responder adecuadamente a las nuevas exigencias. Lamentablemente todas las políticas sociales siguen sometidas a una gestión burocrática  deplorable, contribuyendo con ello a una privatización defectuosa y disfrazada. De modo similar, en materia previsional, considerando las graves pérdidas producto de la reciente crisis económica y a pesar del pilar solidario, se ha consolidado un sistema que reposa enteramente sobre la capitalización individual sin ningún tipo de mecanismo solidario entre generaciones ni seguridad sobre el monto futuro de las pensiones.

El país en todos los planos está sometido a una tensión sin tregua. Las solidaridades colectivas ya no pueden resistir las presiones de un individualismo  destemplado.  Ello ha generado un cuadro de graves tensiones sociales, cada vez más difícil de encauzar, especialmente frente al record de ser una economía entre las 15 primeras en materia de “estabilidad macro económica”, pero entre las 15 últimas en distribución del ingreso.

En suma, no ha sido posible el reconocimiento a nivel constitucional y real de “un Estado social y democrático de derecho” que constituye definitivamente todo el sentido de justicia que permita el que nuestra sociedad entera, sin diferencias, tenga el justificado derecho a lograr su felicidad.  La Concertación no ha sido capaz de enfrentar el núcleo duro de las desigualdades y ha consentido, y a veces incluso impulsado, soluciones  privadas y de mercado allí en donde  se requería una vigorosa oferta de bienes públicos que pusieran por delante la satisfacción de los usuarios.

Hoy, la Concertación  aparece  frente a los ojos de la mayoría sin un perfil claro, solo interesada en mantener el poder para los suyos, con un pasado respetable pero, ya agotada, con un futuro brumoso y distanciada cada vez más de las aspiraciones de la sociedad. En definitiva rescatamos la concepción clara y precisa del Estado social. Por eso, la renovación que Chile necesita implica volver a las bases programáticas que inspiren la marcha hacia su futuro, sobre la base del progreso y la equidad  en el marco de un nuevo compromiso político.

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