La usual cosificación del tiempo en el espacio, nos trae la predecible navidad. ¿Qué es la navidad? Se supone –según los teóricos de la televisión- que es una festividad donde toda la familia se reúne en el hogar debido a la existencia de mitos urbanos de la peor índole (muchas veces cristianos), para descubrir que ocultan los fenómenos que yacen esparcidos bajo un pino de fantasía ¡Una verdadera fenomenología del consumismo!
Por aquí y por allá aparecen como recios juncos a la orilla del estero, los anuncios publicitarios que promueven “la navidad”. Más allá de tratarse de una “fiesta cultural” donde se conmemora el nacimiento de… ¿Jesucristo? ¿Belcebú?, la navidad nos habla en una jerga nada ortodoxa y muy vulgar: “Compra la muñeca Barbie porque eso es lo que quieres ser” o “exígele al anciano de pascua que te entregue una motocicleta en tamaño reducido”.
Y es que la navidad chilena es tan falsa como la sonrisa del Papa. Con aparadores repletos de pinos de plástico que en el peor de los casos son blancos –el arribismo de quienes creen que pueden igualar sus hogares al sur de Noruega-, se promueven en los recintos de compra y venta cuanta idiotez se les ocurra a los incubus de las jugueterías: macilentas muñecas de larga cabellera rubia capaces de recitar el padre nuestro en arameo y sin perder la compostura; enormes camiones de plástico cuyos precios se le van en collera al sueldo mínimo; ridículos juegos de salón donde el ganador se eleva como el más cretino de los participantes…
Todo ese potpurrí de mediocridad espiritual e intelectual, parece ser de lo más habitual en nuestro país, al punto que las modas pascueras aparecen en el mercado desde fines de octubre –para que nadie se quede sin comprar su regalo-. Pero la oferta de estupidez envasada en colores rosados y celestes, no es sólo un asunto de los hombres afanados en el mercado común, es decir, las casas comerciales de los centros urbanos, sino que es la televisión -¡quién más!- la encargada de promover en las conciencias la grandiosa navidad del consumismo.
Programas infantiles de la peor categoría, como son esas teleseries matutinas que da vergüenza ajena sólo pronunciar sus nombres –“Bakán” y “A Mango”- se encargan de promover e inyectar aún más el frenesí mercantil. Cuento aparte es el hecho de que están repletos de un staff patético de actores que escinde la tríada fracasados-insoportables-pobres diablos, porque lo que llama aún más la atención es ver todo ese desastre intelectual producido por todo el avisaje comercial cada vez que llega la hora de la publicidad: muñecas parlanchinas que refuerzan una posición minúscula de la mujer en la toma de decisiones; barbies que se venden como el modelo positivo a seguir bajo el lema “lo que quiero ser” (¿Prostituta? ¿Retrasada mental?); juguetes bélicos que lo único que enseñan es a inculcar deliberadamente la voluntad de poder…
Por supuesto, los dueños de las empresas que inventaron la navidad –partiendo de la más rentable de todas ellas: la iglesia católica- sólo anhelan llenar las arcas con dinero a destajo y de paso, ablandar conciencias que seguro el año próximo estarán sedientas de nueva orina y carne fresca. Lo peor es que ese consumismo navideño no sólo es conciencia mal orientada, sino que de a poco se va transformando en instinto: hienas salvajes que se pelean a mordiscos el último juguete de moda; perros rabiosos que no escatiman ladridos a la hora de exigir más cupo en las tarjetas de créditos; chitas y panteras desnutridas que roban por doquier, especialmente a las viejas mantenidas por el marido, y que son capaces de bailar la danza del vientre por un 5% de descuento.
Lo mas vergonzoso de la navidad son los Papá Noel: con 30º de calor se enfundan en ese ridículo traje carmesí y adornan su rostro con algodón esterilizado, ofreciendo a cambio de mil pesos, hacerse una foto con cuanta mocosa consentida pase por la calle y el vergel. No sólo son generalmente feos –no tienen nada de aristocrático ni de noble- sino que la mayoría se insertan en ese dualismo alcohólico/lanza casual, y hay que ver lo malas madres que son todas esas brujas que permiten que sus retoños se sienten sobre las piernas de tamañas bestias… Ecce Hommo Chilensis…
El supermercado también aporta lo suyo. Como en Chile se sufre de alcoholismo –y sin embargo, a los fumadores se les encargan todas las culpas de la nación- las grandes cadenas de distribución y venta de provisiones, aprovechan de exhibir toda la mercadería: vino en caja y cerveza por doquier, Rabo de Orangután y pipi de zarigüeya fermentado a dos mil pesos la garrafa, almizcle endulzado y adornado con hojas de nenúfar. Y los alcohólicos -50% de los consumidores- adoran al becerro de oro: toda vez que colocan el pie derecho en el supermercado sufren una transformación dionisíaca, poniendo los ojos en blanco y entonando viejas canciones paganas -compuestas por los gnomos y espectros dueños del capital- venidas de muy lejos, desde las tierras inhóspitas e insondables de las que se tienen noticias sólo gracias al viento y al canto sosegado de las lechuzas y los cuervos que se paran en los límites del bosque para conversar con la luna y otros seres mitológicos.
Cualquier observador podría pensar ¿Tanta plata hay en Chile? ¡Qué buen gobierno y sistema de bienestar han de tener!
Por supuesto, con la porquería de dinero que reciben los habitantes de nuestra anoréxica y plebeya nación, no alcanza el dinero para adquirir todas las modas americanas y las especias de oriente. La solución, empero, se encuentra en la grandiosa posibilidad de adquirir sólo con la ayuda de una cédula de identidad, una tarjeta de crédito con cupo ilimitado de recursos invisibles, que ayudan a solventar cualquier gasto, desde mote con huesillo, margarina y brebajes místicos, hasta descuentos en las casas de remolienda, oráculos y templos sagrados.
Toda esta imbecilidad, toda esta pobreza del alma, nos conduce sin lugar a dudas hacia el nihilismo. Sin embargo, no se trata de la nada en términos del no-estar-ahí, sino que por el contrario, al estar-ahí pero cual guijarro en el camino, como cosa inanimada que bien puede ser o no ser, y claro está, yo puedo continuar en mis labores escatológicas. ¡Y así quieren navidad! Tropa de patetas insanos, que transforman este mundo en un lugar mustio, seco, absolutamente inservible: un mundo que por ningún motivo podría llegar a ser el paraíso terrenal…
