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Agosto 18, 2026

Infamias ordinarias

José Arcadio Segundo repitió hasta la saciedad que “el ejército acorraló y ametralló a tres mil trabajadores y que se llevaron los cadáveres para echarlos al mar en un tren de doscientos vagones”. Pero más pudo la infamia de quienes negaron no sólo la cantidad de víctimas, sino también la realidad de lo ocurrido e incluso la existencia de los propios trabajadores, la de la huelga, y hasta la de la empresa bananera que ocasionó el desastre.

Seguro que fue un sueño. En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”, decían los oficiales.
 
En un artículo publicado en el diario madrileño “El País” un miércoles de hace algunos años, Gabriel García Márquez declaraba no tener una pizca de imaginación. “Sólo escribo lo que he visto”, afirmó.
 
Razón tenías Maestro. En la copia feliz del Edén también vivimos ese tipo de infamia. A propósito de la masacre de la Escuela Santa María de Iquique, cometida el 21 de diciembre del año 1907, La Tercera del 24 de junio le da la palabra a un trío de mucho cuidado, entre los cuales el director del Museo Benjamín Vicuña Mackenna, Sergio Grez.
 
Este patriota afirma que el general Silva Renard no tuvo ninguna responsabilidad en la masacre porque si bien dio la orden de disparar contra los mineros del salitre, no hizo sino obedecer órdenes del gobierno. Es verdad. Pero el Sr. Grez libera a Silva Renard de toda culpa ignorando que un oficial digno tiene el deber de desobedecer órdenes inhumanas.
 
Todos los criminales de guerra, desde los ineptos generales franceses y alemanes que masacraron decenas de miles de soldados en la Primera guerra mundial, hasta los nazis juzgados en Nüremberg al término de la Segunda, alegaron en su defensa “haber recibido órdenes superiores”. Los alemanes terminaron en la horca. De los franceses, Philippe Pétain, que hizo fusilar cientos de sus propios soldados por “deserción”, se transformó años más tarde en colaborador de la ocupación nazi, en asesino de niños judíos y en represor de la Resistencia.
 
El Mariscal Pétain comenzó su traición condenando a muerte al General De Gaulle, porque De Gaulle se negó a aceptar una orden criminal: la de entregar el pueblo de Francia al poder hitleriano. A la liberación de Francia, en el año 1945, la justicia francesa condenó a Pétain a muerte, pena que fue conmutada por prisión perpetua. Pétain murió en la cárcel.
 
¿Ordenes superiores? Pinochet muerto, habría que liberar a los asesinos de Letelier (“órdenes superiores”), no perseguir a los asesinos de Prats (“órdenes superiores”), ni a los que intentaron asesinar a Bernardo Leighton (“órdenes superiores”), ni a los torturadores y asesinos de la DINA (“órdenes superiores”), y no molestar a ningún responsable del ocultamiento de las pruebas de los delitos cometidos (“órdenes superiores”).
 
El Sr. Grez, refiriéndose al asesinato de obreros indefensos, habla de una acción “preventiva”, lanzada antes de que los obreros causaran algún problema. Grez miente. Abundan las pruebas de los esfuerzos desplegados por los mineros para no generar el menor disturbio.
 
Si Grez tuviese razón se podría masacrar a los trabajadores subcontratados de Codelco “antes de que causen algún problema”.
 
Uno no puede impedir un escalofrío cuando Grez afirma que esta doctrina está muy presente en las autoridades actuales, y da el ejemplo de la represión de lo que llama los “anarquistas del 1° de mayo”. ¿Y el de la represión de los trabajadores forestales que provocó la muerte de un obrero? ¿Y el de la represión de los estudiantes que provocó heridas graves a uno de ellos? ¿También valen como ejemplos?
 
Seguro que es un sueño. En Chile no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz.  
 
Grez cita a Eduardo Devés, quién cometió un libro sobre la masacre de la Escuela Santa María de Iquique titulado “Los que van a morir te saludan” como si los obreros mineros hubiesen estado en un circo romano enfrentándose unos a otros.
 
El párrafo citado es de una innoble mala fe: “Los trabajadores habrían caído en el círculo vicioso de sus juicios equivovados, de sus falsas concepciones”. Grez sostiene que “probablemente los líderes se vieron presionados por la masa de obreros para no deponer la huelga hasta conseguir todos sus objetivos, lo que no era realista”.
 
Con esos criterios se podría justificar hoy en día la masacre de los líderes sindicales que exigen un aumento sustancial del salario mínimo que Andrés Velasco tilda de “poco realista”. Y se podría masacrar impunemente a todos los que caen en el “círculo vicioso de sus juicios equivocados”. ¿Equivocados según quién? ¿El Sr. Grez?
 
Un informe enviado por sus servicios diplomáticos al Canciller alemán de la época, precisa: ““El fuego mortífero de metralla que habría causado 1.600 muertos y heridos aparece, visto desde consideraciones humanitarias, como un medio algo brutal. Pero en el trato con el groseramente bestial y semi salvaje roto chileno no se puede conseguir nada por otros medios”. Parece canción conocida. Nótese que masacrar 1.600 personas es “un medio algo brutal” si uno se rebaja a verlo desde “consideraciones humanitarias”. Pero habida cuenta que el roto chileno es “groseramente bestial y semi salvaje…”
 
Otro patriota, el “historiador” Carlos Donoso, explica la masacre aduciendo que al gobierno de Pedro Montt no le agradó la huelga (si las huelgas tuviesen que agradarle a los gobiernos… ). “El Estado dejó de recibir ingresos por las paralizaciones, y no podía darse el lujo, porque 1907 fue un año de crisis económica terrible” explica Donoso.
 
Vale tío, en los años fastos no se masacra a nadie, pero pobre de ti si haces huelgas en años de crisis. Desde luego a Donoso no le pasa por las mientes que quienes sufren más duramente las crisis económicas son los miserables. Hasta ahora yo estaba convencido que ese era un defecto de los economistas.
 
En todo caso la crisis debe haber sido seria porque el ordenador en jefe del baño de sangre, el ministro del interior Rafel Sotomayor, envió un telegrama el 16 de diciembre de 1907 dando instrucciones que revelaban el fondo de sus preocupaciones: “Para despachos urgentes sirvase West Coast, que cobra media tarifa” (sic).
 
Se trata del mismo Sotomayor que el 14 de diciembre, siete días antes del crimen, daba otro tipo de instrucciones: “La experiencia manifiesta que conviene reprimir con firmeza al principio sin esperar desórdenes tomen cuerpo”. Como puede verse, la decisión de matar precedió cualquier desorden. Es evidente que el Sr. Grez miente.
 
El 16 de diciembre Sotomayor envió un cable explícito al Intendente de Iquique Sr. Carlos Eastman, un lejano pariente del actual dueño de… El Mercurio:
 
Para adoptar medidas preventivas, proceda como en estado de sitio. Avise inmediatamente oficinas prohibición de gente bajar Iquique. Despache fuerza inmediatamente para impedir que lleguen, usando todos los medios para conseguirlo. Fuerza publica debe hacer respetar orden cueste lo que cueste. “Esmeralda” va camino y se alista mas tropa: Sotomayor“.
 
Queda claro, y de pasada te enteras que la “Esmeralda” ya había servido, en el pasado, para el trabajo sucio.
 
En este almácigo de infamias está involucrado un personajillo de dudosa reputación, el “filósofo” (¿o “historiador”?) Víctor Farías, que en la materia es un especialista. La producción de infamias digo.
 
Farías analiza las declaraciones del Cónsul norteamericano Mr. Rea Hanna durante la investigación judicial de la masacre. Estas declaraciones fueron reproducidas por el diario “Tarapacá” del 13 de abril del año 1908, o sea menos de cuatro meses después de los luctuosos sucesos.
 
Mr. Rea Hanna relata que a las 11:00 horas del 21 de diciembre, día de la masacre, llegaron a sus oficinas dos obreros, uno de ellos de apellido Olea, vicepresidente de los huelguistas. Venía de parte del obrero Briggs, presidente del Comité de huelga, a pedir la protección de los EEUU.  Ante la negativa del Cónsul, que alegó que su rol era solo comercial, le preguntaron si podían adoptar la nacionalidad estadounidense. Hanna respondió que ello era imposible sin tener 5 años de residencia en los EEUU. Los obreros finalmente le pidieron asilo para los dirigentes de la huelga porque temían ser asesinados. Ante una nueva negativa respondieron: “Entonces Sr. Cónsul estamos perdidos”.
 
Del relato del Cónsul Mr. Rea Hanna no queda en absoluto en evidencia el carácter “groseramente bestial y semi salvaje roto chileno” que les presta el Embajador alemán.
 
Poco importa. A juicio de Farías, la visita de los dirigentes mineros al Cónsul se puede interpretar como un intento de huida de los líderes de la huelga salitrera, “para dejar a todos estos obreros a merced de la represión”.
 
Nótese que, según Farías, quienes ponen a los obreros a merced de la represión son sus propios líderes que buscan huir cobardemente, y en ningún caso el gobierno, ni el general Silva Renard (“órdenes superiores”), ni quienes se niegan a prestarles ayuda (Armen Kouyoumdjian ya ha contado que los diplomáticos occidentales asistieron a la masacre de miles y miles de armenios por parte del ejército turco sin decir esta boca es mía. Recientemente militares occidentales presenciaron masacres en Bosnia Herzegovina y en Rwanda sin hacer nada que no fuese mirar para el otro lado).
 
El productor de infamias Victor Farías ignora, o pretende ignorar, que los dirigentes obreros nunca ocultaron esta visita al Cónsul estadounidense, y que Luis Olea (sobreviviente de la masacre) la relata en una carta publicada por el diario “El pueblo Obrero” en 1908.
 
Esta actitud del dirigente obrero contrasta con las órdenes cursadas por el ministro del interior al intendente Carlos Eastman: “Ordene terminantemente oficinas telegraficas se abstengan de transmitir noticia alguna sobre la huelga sin visto bueno de Ud”.
 
El productor de infamias Victor Farías ignora, o pretende ignorar, que tanto Briggs, como Olea estaban junto a sus compañeros en la Escuela Santa María de Iquique cuando Silva Renard llegó a rodearles con sus tropas.
 
El propio Silva Renard, en su informe fechado el 22 de diciembre de 1907 relata:
 
Al llegar a dicho sitio, ví que la Escuela Santa Maria que ocupa toda la manzana sur de la Plaza estaba repleta de huelguistas presididos por el titulado Consejo directivo de la huelga, instalado en la azotea con frente a la Plaza i en medio de banderas de los diversos gremios y naciones” (entre los huelguistas había trabajadores chilenos, peruanos y bolivianos ).
 
Silva Renard precisa en su informe: “Quise agotar hasta lo último los recursos pacíficos. Pasando por entre la turba, llegué a la puerta de la Escuela y llamé al Comité. Este descendió de la azotea i rodeado de banderas se presentó en el patio esterior, ante la apiñada muchedumbre. El, estaba compuesto por los individuos Olea, Briggs, Aguirre y demas cuyos nombres no recuerdo pero son conocidos por U.S.
 
Contrariamente a lo que afirma el productor de infamias Victor Farías, los dirigentes obreros nunca buscaron huir dejando a sus compañeros “a la merced de la represión”.
 
Sin embargo los dirigentes estaban conscientes del riesgo como lo prueba su diálogo con el Cónsul Rea Hanna, y las instrucciones que dio Silva Renard al llegar con sus tropas, antes de cualquier diálogo con los huelguistas:
 
Hice abanzar las dos ametralladoras del “Esmeralda” i las coloqué el frente de la escuela con punteria fija a la azotea donde estaba reunido el Comité Directivo” (sic).
 
Todas las infamias vertidas en la nota publicada por el diario La Tercera tienen como objetivo confeso entregar otra interpretación de los sucesos acaecidos el 21 de diciembre de 1907.
 
No obstante, las opiniones vertidas por Grez, Donoso y Farías no parecen ser el fruto de una seria investigación histórica sino el de la práctica de lo que en Europa se conoce como “revisionismo”, delito (porque es un delito) que consiste en negar la realidad histórica del Holocausto y de los crímenes del nazismo.
 
Las infamias vertidas en Europa, como las vertidas en el diario La Tercera, tienen el mismo objetivo: limpiar de toda culpa a quienes cometieron crímenes contra la Humanidad.
 
El Sr. Farías, que osó un libelo lleno de infamias contra Salvador Allende hace dos años, fue puesto en su mugroso sitio por Víctor Pey Casado, Carlos Altamirano, Julio Silva Solar y el académico Pablo Oyarzún, filósofo, Decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, Profesor de Estética de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica de Chile.
 
Su bajeza tampoco quedará impune esta vez. No mientras nos quede tinta en el tintero y un átomo de fuerza para escribir.