Durante el tiempo que el doctor Ayach estuvo fuera, siguiendo su consejo, consultamos al doctor Raventós, quien nos dijo que él no podía determinar ningún tratamiento sin tener una biopsia realizada. Dijo que era muy raro que mi padre tuviera ese tumor aislado sin que hubieran tumores en otros lados de su organismo y que, por lo tanto, él -pese a la edad de mi padre- no descartaba una extirpación del tumor si tuviera una biopsia que le ayudara a determinar su naturaleza.
De modo que tras consultar al doctor Raventós, seguimos con la programación de la biopsia en el Hospital de Neurocirugía. El médico anestesista que le fue asignado es el doctor Eduardo Hafón, quien para poder dar el pase a la biopsia solicitó una evaluación cardiológica completa, incluídos electrocardiogramas y ecotomografía cardíaca y también una evaluación nefrológica completa.
Dada la urgencia de la biopsia para poder iniciar algún tipo de tratamiento, TODOS ESTOS EXÁMENES FUERON HECHOS EN LABORATORIOS Y CON CONSULTAS PRIVADAS, ya que si bien el sistema público le garantiza gratuidad de atención a mi padre, él habría tenido que esperar meses para poder hacerse estos exámenes en el sistema público.
Con todo los exámenes en mano, mi madre fue a hablar con el doctor Hafón quien -finalmente- dio el pase para la biopsia y le dijo que ahora sólo cabía esperar, que no le podía dar ninguna fecha cierta para la operación de biopsia, porque eso dependía esencialmente de que hubiera camas disponibles.
Dado que él tiempo pasaba y no había señal alguna de que avisaran la fecha de la biopsia desde el Hospital de Neurocirugía, el 19 de junio le escribí un e-mail desesperada a una amiga que tiene contactos con una alta autoridad del Ministerio de Salud Pública para que me ayudara a agilizar la operación de mi padre. Pese a los intentos de mi amiga por ayudarnos, los días continuaban pasando y mi padre no tenía atención médica de ninguna especie , ya que ningún médico quería hacer tratamiento alguno sin biopsia en mano. Dadas las circunstancias su salud comenzó a empeorar progresivamente. Si cuando le descubrimos el tumor tenía una afasia incipiente y era totalmente autovalente, a fines de junio ya no podía caminar solo y dependía de terceros para todo.
La situación hizo crisis el domingo 2 de Julio. Mientras le daba su almuerzo, empezó con fuertes convulsiones por lo que llamamos al 131 solicitando una ambulancia. La respuesta que recibimos fue que la única ambulancia disponible andaba atendiendo a heridos de un choque, de modo que buscáramos nuestros propios medios para trasladarlo a algún centro médico.
Lo subimos con gran esfuerzo a mi auto y partimos desesperadas con él a la Clínica Santa María para una atención de urgencia. Allá lo revisó el doctor Sergio Trujillo Vivar, quien -conmovido por la situación- le tomó la temperatura, la presión y nos hizo una carta derivándolo a la posta del Hospital Salvador, que es la que a él le corresponde según su domicilio. Dijo el médico que recibir a mi padre en la Clínica Santa María, dada su previsión, implicaba que no íbamos a tener cómo pagar y, aparte del problema de salud, nos íbamos a echar una tremenda angustia económica sobre los hombros. Agradezco profundamente a este médico su humanidad y ética, ya que no quiso cobrar nada por la atención que le hizo a papá.
Siguiendo sus consejos, llegamos a la posta del Hospital Salvador alrededor de las 14:45 horas. Ingresaron a mi padre en una silla de ruedas y a los familiares nos hicieron esperar en la antesala de la posta, que es lo mismo que esperar en baños públicos sin mantención porque el olor a orines y la suciedad resultan patentes desde el primer instante y -según pasan las horas- se tornan agobiantes.
Alrededor de las seis de la tarde, el médico de turno que atendió a mi padre en la posta, le comunicó a mi madre que habían hecho una junta médica y habían determinado que debía ser hospitalizado. Pero, explicó, como era paciente de Neurocirugía y ellos no tenían camas disponibles, debía enviarlo en forma interna al Hospital de Neurocirugía para su hospitalización allí. Este médico nos dijo, además, que debíamos armarnos de paciencia porque tendríamos que esperar un largo rato. Aproximadamente a las 20:30 horas me acerqué a la ventanilla para averiguar qué pasaba con mi padre. El administrativo que atendía me dijo que había cuatro pacientes más graves que él, que había una sola camilla y apenas un sólo auxiliar para hacer los traslados. Aprovechando un descuido del personal de turno, me colé al box en que estaba mi papá. Lo tenían tirado en una camilla, no le habían dado agua, ni suero, ni menos pasado una chata o un orinal. Todo esto en un servicio de urgencia a un paciente de ochenta años que no se puede comunicar ni tiene control de esfínteres.
Finalmente logramos que lo trasladaran a URGENCIA de Neurocirugía. Ahí le hicieron un nuevo scanner, detectaron que el tumor ha crecido y que mi padre necesitaba ser hospitalizado. Pero como no había camas en Neurocirugía, mi padre fue devuelto a la Posta del Hospital Salvador en las mismas condiciones que lo recibieron: sucio, deshidratado y ahora con más fiebre por los traslados, sin abrigo, por los patios internos de ambos hospitales.
A esta altura -23:00 horas aproximadamente- ya habían cambiado de turno en la posta del Salvador y aquí vino lo peor. Porque hay un mentiroso que por ser médico se cree dios. Me refiero a un despótico llamado Ricardo Márquez, al que a simple vista se nota su desclasamiento. Debe ser de un origen muy humilde. En Chile, el estrato social es muy evidente a simple vista y los títulos universitarios no logran enmascararlo. Ser de origen humilde y llegar a ser un buen médico, humano y cordial, me parece un mérito extraordinario. Pero ser médico y tornarse un engreído deshumanizado, me parece la peor forma de desclasamiento. ¡Qué traumas y qué complejos sociales debe arrastrar este pobre infeliz !! Lo cierto es que este matasanos, en vez de reconocer que en ese hospital tampoco había camas y en vez de solicitarnos amablemente que nos lleváramos a mi padre a nuestra casa, nos llamó alrededor de la medianoche y nos dijo simplemente que papá no necesitaba hospitalización y que lo retiráramos. Por lo menos su antecesor, del turno anterior, nos advirtió que las condiciones del hospital son tan infrahumanas que era riesgoso dejarlo hospitalizado ahí por las infecciones intrahospitalarias.
Así que debimos partir con mi padre alrededor de la medianoche de regreso a casa, sin que siquiera le hubiesen pasado un algodón húmedo por los labios. Desde la misma posta y a esa hora llamé a mi amiga, la del contacto en el Ministerio de Salud, entre alaridos de rabia, de impotencia y de dolor , pidiéndole a gritos que les dijera a sus amistades de Ministerio que bajaran a tierra, que vengan a ver las maravillas de la propaganda oficial en salud. Ella me prometió que haría lo posible para que pudieran hospitalizar a mi padre en Neurocirugía al día siguiente.
El lunes 3 de julio, me llamaron del Ministerio de Salud para decirme que ya le habían hecho un cupo a mi padre , que debía llevarlo antes de las 14:00 horas. Sin embargo, debió acompañarnos su primer médico tratante, el neurólogo que consultamos por primera vez ante los primeros síntomas, el maravilloso doctor Jiménez, para lograr dejarlo hospitalizado y que lo hidrataran con suero al menos.
Sin embargo, para mi sorpresa, ya habían programado la famosa biopsia a primera hora del día siguiente, de modo que estuve a primera hora del martes 4 de Julio en el hospital y hablé con el doctor Ayach para impedirle que lo operaran porque obviamente -a esas alturas- mi padre no habría resistido esa operación. Este médico, con toda displicencia, me preguntó para que lo habíamos hospitalizado si finalmente no lo íbamos a operar. Me dijo que teníamos que entender que en el hospital se daban camas sólo a quienes esperan una cirugía, que así es la salud pública en este país y que lo demás es sólo propaganda vacua de los gobiernos de turno.
Si lo vivido por mi y mi familia en todo este episodio no es una tortura, entonces no sé que es la tortura. Es cierto, no hay dinos ni CNIs aplicándonos corriente en el cuerpo, pero el trato recibido en los hospitales públicos por los viejos desahuciados en este país es un vejamen y una tortura para ellos y sus parientes. Porque es imposible -con un trato como éste- que a los parientes que permanecen toda la larga espera, tensos y angustiados , el cuerpo no les duela como si hubiesen permanecido días enteros colgados o apaleados. No hay un solo músculo que se libre del dolor. Y esta tortura le resulta al Estado tremendamente económica porque no gastan ni electricidad siquiera.
El mismo domingo 2 en la medianoche o lunes 3 iniciándose, apenas terminamos de atender a papá, llamé a la radio Bío Bío denunciando la situación y el periodista que me atendió entonces me prometió que harían un reportaje al respecto. Pero hasta el momento nada ha pasado.
Mis amigas que me han visto reventada y sobrepasada [estoy con severos dolores a la columna y tratamiento kinesiológico de momento] por esta situación, me han dicho que me preocupe solo de tranquilizarme y canalizar todas mis energías al cuidado de mi padre. Y que no escriba esta denuncia porque no puedo luchar sola contra el sistema.
Yo no escribo este testimonio ya por mi padre, ahora él está cuidado con todo el amor que se merece en su casa, pero lo hago por los miles de personas humildes que a diario son vejadas y maltratadas en los servicios públicos de salud de este país, sin que nadie denuncie lo que realmente pasa. Nadie diga nada , nadie haga nada. Me resisto a pensar de un modo fatalista y a aceptar como cordero que va al matadero que no hay alternativas frente a las situaciones.
Me parece una vergüenza tanta hipocresía frente a la eutanasia cuando a los viejos se los deja morir sin atención. En el Hospital de Neurocirugía, en la sala que estaba mi padre, claramente era él el hombre más viejo de los pacientes que se encontraban allí. Y en los dos días que acudí, no vi viejitos de ochenta años como pacientes. Tengo la sospecha de que, ante la escasez de recursos, los doctores de los hospitales, cual emperadores romanos, bajan el índice ante pacientes que tienen mucha edad para destinar los recursos a quienes ellos determinan que tienen más tiempo por vivir. ¿Pero ahora que está tan en boga la discusión del neonazismo, no era esto mismo lo que hacían los nazis?
¿No es una vergüenza que esto pase en un país que, en el extranjero, vende la pomada del desarrollo y muestra los índices macroeconómicos que le convienen? ¿ No es una canallada decir que no se sabe qué hacer con los excedentes del cobre ante esta patética realidad del sistema público de salud ?
¿Por qué los cristianos senadores y diputados de este país, a los cuales los aterra el tema del aborto y de la eutanasia, no se dan un paseíto por los hospitales y consultorios públicos?
En mi deambular por ambos hospitales, conversé con algunos funcionarios que ante mis críticas se desahogaron sobre la incompetencia de los burócratas ministeriales. Funcionarios menores me contaron de cómo algunos médicos atienden pacientes privados en los hospitales con los pocos recursos públicos…….
En fin, en un país en que los medios de comunicación sólo están preocupados acerca de qué famoso se acuesta con quién, qué esperanzador sería que todavía quedaran periodistas decentes e hicieran reportajes o documentales sobre esta situación.
Mi padre toda su vida fue un luchador social y a sus hijos nos inculcó desde siempre el amor por la justicia, la ética y la libertad. Ahora, cuando a cada minuto él se acerca a pasos agigantados a su destino final, yo no lo puedo traicionar y no me puedo quedar callada ni impasible.
No se si esta carta servirá para algo más que mi propio desahogo, pero aún muriendo mi padre me ha dado una última lección de vida. Me ha mostrado una realidad que yo ignoraba por completo y me ha obligado a ser solidaria con todos aquellos que sufren por similares motivos y que no pueden expresarse como yo.
(*) La autora de este testimonio es economista y fue, hasta 1996, subgerente de Fomento de CORFO
