Las élites no tienen ninguna capacidad para entender y anticiparse a los problemas: siempre creen que lo que están haciendo es lo que corresponde y les desagradan las críticas y viven el coro monocorde de los sempiternos pateros; a este defecto los psicólogos lo llaman narcisismo que equivale al famoso “fin de la historia”, como lo pregonara un funcionario del Departamento de Estado norteamericano, Francis Fukuyama.
Comprendo que ser presidente de los tontilandeses es muy difícil; con razón, el connotado cesante diplomático Florentino, Nicolás de Maquiavelo, dedicó uno de sus capítulos de su famoso libre, El Príncipe, al tema centra de qué vale más: ser amado o temido. Parece ser que nuestra diosa Michelle eligió el difícil camino de ser amada por sus súbditos, a infundirles temor, como aconsejaba el famoso autor de la Mandrágora Para entender cada gobierno es imprescindible recurrir a su origen: Eduardo Frei Ruiz-Tagle heredó, sin mayores méritos personales, el poder; el profesor Lagos, con una enorme capacidad de liderazgo, terminó entendiéndose con “los mercaderes de Venecia”. Nuestra Presidenta logró el poder sólo por el amor de un pueblo desprotegido y abandonado. Es muy difícil romper este determinante de los orígenes de la legitimidad del poder, para usar términos Weberianos.
La verdad, es que en los primeros días vivimos una verdadera fiesta ciudadana, incluso y, que soy más bien un deprimido y pesimista escéptico, me emocioné en las calles de Santiago al ver miles de mujeres, (bonitas, feas, rubias, morenas, flacas, gordas, con dientes y desdentadas), luciendo orgullosas bandas presidenciales y sintiéndose, todas ellas presidentas del país; una especie de éxtasis colectivo; la parusía es una broma al lado de esta fiesta. La misma Michelle Bachelet, con su belleza, simpatía, transparencia y cercanía, desató las fuerzas que iban a poner en cuestión, a los pocos meses, su forma de gobernar; es que la Abeja reina se adecuaba, perfectamente, al ethos de los tontilandeses: todos mameros, de padre ausente. Basta recorrer la biografía de nuestros personajes claves para comprobarlo: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Bernardo O´Higgins, José Manuel Balmaceda, y millones de personas importantes, que no salen en los libros de historia. Es la Virgen del Carmen, la india Tirana, Fresia, Guacolda, Javiera Carrera, Pabla Jaraquemada y, un poco, la monja Alférez, por su gusto de disfrazarse de militar. Por estas razones despertó admiración, no sólo en Chile, sino también en el resto del mundo, como lo hemos comprobado en su reciente visita a los Estados Unidos de Norteamérica.
Nadie hubiera apostado que, a menos de ochenta días de gobierno, iba a explotar la rebelión de los “pingüinos”, y su cuota de popularidad bajaría en más ocho puntos porcentuales. Es que Michelle nació y triunfó en las elecciones presidenciales gracias a las encuestas, por consiguiente, no las puede descalificar. Cualquiera que piense un poco y sepa algo de historia podrá comprobar que chispa explosiva popular no explica, por sí sola, los fenómenos políticos: hay mucho más que la Toma de la Bastilla, en la revolución francesa y que la prisión, de Carlos IV, su mujer, la casquivana María Luisa y del atrasado mental el amado Fernando VII, en Bayona, para entender la revolución francesa y los Cabildos abiertos, en América Latina.
Lo mismo ocurre con la actual con la rebelión de los “pingüinos”: es sólo el detonante de algo mucho más profundo. Como en los terremotos, los lentos movimientos de las placas tectónicas, que se miden en períodos muy largos, terminan alguna por explotar, dejando destruidos pueblos enteros. Es que en Chile se agotó una forma de vivir y de hacer política: 16 años de gobiernos de una sola combinación, llamada Concertación necesariamente, produce hábitos de poder y carencia total de crítica que, prácticamente, lleva al inmovilismo. La derecha tontilandesa es incapaz de hacer oposición, pues porta la “cayana” del apoyo al tirano más ladrón y criminal de la historia de Chile; no hay cirujano plástico que pueda erradicarla, por lo demás, hace muchos años que el pueblo no elige, voluntariamente, a tan mediocre derecha. La izquierda extra parlamentaria es pequeña, no tiene medios de comunicación de masas, está balcanizada y sus líderes, si existen, están muy alejados de las organizaciones populares. La CUT es una broma, y mejor ni hablar de los Colegios profesionales: es cierto que luchan por sus reivindicaciones pero siempre, la casta en el poder, logra apagar el incendio.
Si consideramos los avances democráticos que se han producido, la mayoría ha sido producto de la presión extranjera: muy poca cosa ha hecho la Concertación en el derrumbe moral de Daniel López, por el contrario, disimuladamente lo ha defendido. Si no fuera por Joan Garcés, el juez Baltasar Garzón, los defensores chilenos de derechos humanos y los familiares de detenidos desaparecidos, Pinochet hubiera viajado como cualquier turista, con pasaporte diplomático, otorgado por la Cancillería de la Concertación; Gracias al Senado de Estados Unidos, descubrimos que, además se supina crueldad, había atesorado millones de dólares, vendiendo mortíferas armas de guerra. No hay que ser muy suspicaz para sospechar que tanta prolongación en los numerosos juicios a Pinochet sólo buscan darle tiempo a una inevitable visita de la muerte.
Se sabe que las aguas estancadas terminan por generar epidemias: algo así pasa con la Concertación; creo que hoy no vale la pena recordar las miles de veces que algunos de sus mismos integrantes, militantes del partido socialista, llamaron la atención sobre los problemas sociales que mantenían insensible a la casta gobernante. Basta recordar el texto Chile entre dos derechas, del diputado Sergio Aguiló, al parecer hoy olvidado y silenciado. No hay ningún diario de izquierda, salvo los electrónicos; acaba de morir el última bastión, el diario Siete, ante la estúpida complacencia de los borregos, y el gobierno prolonga, esperemos no sea hasta el infinito, el juicio de El Clarín contra el Estado. Es que la casta de poder no puede soportar la libertad de pensamiento.
Michelle Bachelet parecía que iba a cambiar todo: echó con camas y petacas a los exmapucistas y a los apernados del gobierno del profesor y surgían nombres nuevos, amigas de infancia de la Presidenta, chiquillas muy simpáticas, pero que a los pocos meses, han tenido muchas dificultades para manejar la máquina del poder; al fin y al cabo Michelle es concertacionista y los demócrata cristianos se impusieron, colocándole dos gerontes, duchos políticos, como la guagüita Zaldívar y el siútico relamido porteño, Alejandro Foxley. Hasta ahora los ministros DC ostentan el récord de incapacidad. De verdad, me duele, pues mi padre y mi abuelo fueron fundadores de este Partido. Comprobar que entre los dirigentes de los secundarios hay de todos los partidos políticos, menos de la Democracia Cristiana; no les parece que, al menos, la Chol Alvear debería cuestionarse, seriamente? Si el grieto del Partido era “juventud chilena, adelante” y luchaba por la redención del proletariado, si no hay ningún joven y ningún trabajador, sólo quedan ministros, diputados y funcionarios: un Partido de castas y no de masas, por consiguiente, su muerte está asegurada cuando se acaben los pitutos.
Pareciera que todos nuestros “éxitos económicos” son parte de un decorado de ópera, que nunca más veremos, pues está agonizando el Teatro Municipal, gran triunfo cultural del gobierno de la Concertación. Claro que tenemos superávit, como todos los países emergentes –Estados Unidos tiene un déficit gigantesco –pero seguimos dependiendo de las palabras del papa del FED, sobre las tasas de interés, próximas a ser reajustadas, para el movimiento de nuestras economías. Con el toque de cañón de las doce, en el Cerro Santa Lucía vuelan, rápidamente, las golondrinas. Es cierto que estamos mucho mejor que los colapsos anteriores de Japón, México y Rusia y que, a lo mejor, el alto precio del cobre durará un poco tiempo más; si le agregamos a rebelión de los movimientos sociales, por reivindicaciones muy justas, y postergadas, de la Concertación, un lento congelamiento de la economía provocará, como siempre sucede en la historia, una verdadera revolución pacífica contra una ciega casta, que se entretiene entre La Moneda y el Congreso, en Valparaíso. No teman, esa respuesta no violenta no ocurrirá hoy, pero se está preparando debido al creciente descontento de los postergados; los pingüinos descubrieron que la única forma de hacerse escuchar es la toma de los Liceos y las marchas en las calles. Por qué no los van a seguir los jubilados, los allegados, los trabajadores con boleta de servicio y los desempleados?
Es una estupidez atribuir estas rebeliones a los agitadores, sería volver al viejo argumento de los oligarcas de comienzos del siglo XX, que culpaban de las huelgas de la Sudamericana, de Valparaíso, de la carne, en Santiago, de la Plaza de Antofagasta y de Santa María de Iquique, a los líderes socialistas y anarquistas, que engañaban a los obreros. No sé a quién se le puede ocurrir que el amigo Marcel Claude, una persona muy capaz, sea el único genio creador de las inteligentes estrategias de los muchachos secundarios; le hacen un gran honor, pero la argumentación y acusación son dignas de personas de limitada cultura y visión política.
Rafael Luis Gumucio Rivas
