¿Por qué aún hay fujimoristas?, se pregunta Álvaro Vargas
Llosa, en una columna de La Tercera. La pregunta parece ingenua, también hay
menemistas en Argentina y pinochetistas, en Chile. Los depredadores de los
fondos fiscales y destructores de sus países, siempre tendrán algunos
partidarios: personas que necesitan de una autoridad fuerte para sobrevivir; es
el famoso miedo a la libertad, que describía Eric Fromm.
Hay algunos ciudadanos, cada vez más minoritarios, que
necesitan un padre cruel y castigador que no permite que el niño se convierta
en adulto. Pero la explicación del apoyo a los tiranos sobrevivientes sobrepasa
la sicología y exige penetrar en el campo de análisis de las sociedades
latinoamericanas. Emilio Durkheim utiliza el concepto de la anomia para
analizar la sociedad industrial, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Hoy,
a mi modo de ver, la anomia es mucho más radical: como lo sostiene Jorge
Vergara, el neoliberalismo,- perdón el uso de tan manoseada palabra -, es una
cosmovisión integral que supera, de lejos, la sola libertad del mercado. La
religión neoliberal, cuyo único fin es la adoración del dinero, necesariamente
tiene que ser anómica: no puede haber normas morales cuando el único objetivo
es lograr la mayor rentabilidad posible en el menor tiempo; por esencia, el
neoliberalismo tiene que vivir de la exclusión; los marginados son como los
corderos que, en la antigüedad se ofrecía a los dioses como sacrificio
reparador.
Alberto
Fujimori es caso clásico de un dictador anómico: la norma la determina él,
desde el poder y a la cual deben someterse todos sus súbditos. Cuántas veces
hemos escuchado la frase vulgar de que todo hombre tiene un precio. Fujimori la
aplicaba a la perfección. El “chino”, como lo llaman sus partidarios, tuvo
momentos de gloria: en 1990, este profesor de la Escuela de Agronomía, con posgrados
en el extranjero, era desconocido en el mundo político, uno de los tantos
populistas que surgían del derrumbe de los corruptos partidos históricos
latinoamericanos.
En Perú, el gobierno de Alan García, del APRA, había
dejado sólo ratones en la caja fiscal. Mario Vargas Llosa, un intelectual
converso del marxismo al liberalismo, parecía la persona ideal para ocupar la
presidencia del frustrado Perú. En la segunda vuelta presidencial,
sorpresivamente, el “chino” logró más del 60% de los sufragios doblando la
votación del converso escritor. Los ciudadanos tendrían que acostumbrarse a
este nuevo personaje que mezclaba la planificación paciente, propia de los
orientales, con una macuquería típicamente latinoamericana: visitaba las
poblaciones llevando dádivas y promesas, montaba en bicicleta, se disfrazaba de
indio, de bombero al igual que Carlos Ibáñez en Chile, según la ocasión; los
pobladores lo sentían uno de los suyos. Por otro lado, le coqueteaba a Cecilia
Bolocco y se abrazaba con Lázaro Frei y su Crisanta Martita. Parlamentaba con
el alado Joaquín Era una aleación de populismo derechista, con el glamour de
las políticas de libre mercado: un pachulí
difícil de digerir.
Todavía
tengo en la retina la escena televisada del chino pisando los cadáveres de los
rendidos del MRT, en la embajada de Japón. Posteriormente, sube en el bus con
los personajes liberados, haciendo bromas a costa de muerte de los
guerrilleros. El “chino” está en la cúspide de su popularidad, poco le importan
las críticas de los amargados dirigentes de las organizaciones de los derechos
humanos.
tiene un hermano mellizo, Vladimiro Montesinos, y, como ambos tienen el don de
la omnipotencia, no hay ningún obstáculo para cerrar el Congreso y nombrar
jueces a su amaño. El grupo Colina es muy similar al de los paramilitares
colombianos y la tarea consiste en eliminar a los opositores, como lo
cumplieron en Barrios Altos y la Cantuta. Vladimiro se dedicaba a sobornar a
empresarios, congresistas y periodistas: los dólares iban de mano en mano, pero
gravados en videos. Como todo ladrón deja alguna huella, estos audiovisuales
fueron descubiertos, derrumbándose el reinado de Montesinos. El chino,
aprendiendo de Daniel López Pinochet, pensó que culpando a su jefe de
seguridad, él quedaba libre de polvo y paja, sin embargo, como tiene buen
olfato, aprovechó un viaje al Asia para renunciar por fax. Daniel López tuvo
más mala suerte: a pesar de la protección de la Concertación, el senado
norteamericano, investigando el lavado de dinero, descubrió las cuentas del
Banco Riggs.
La anomia
del “chino” no se puede explicar sin una situación anómica: la transición
democrática peruana ha sido un fracaso, el “cholo” Toledo cuenta con menos del
10% de apoyo popular, las acusaciones de peculado, los escándalos familiares y
la profundización de la inmoral diferencia entre ricos y pobres, tienen a la
democracia peruana por los suelos; por lo demás, cómo se explica la poca fuerza
empleada por la diplomacia del palacio Torre Tagle para presionar a Japón y
conseguir la extradición del que ellos llaman “el prófugo Fujimori”. Quién
puede explicar por qué la embajada de Perú en el celeste imperio le otorgó un
pasaporte sin “L”, como nos daban a los exiliados, a Alberto Fujimori Fujimori,
sin investigar para qué lo quería; ahora se supo, incluso, que la policía
peruana estaba al tanto del sobrevuelo del avión del “chino” sobre Lima.
Perú ha
gozado de un buen período para los
mercados emergentes de América Latina: el riesgo país no es muy alto, los bonos
de deuda pagan una buena rentabilidad y las materias primas tienen sus precios
por las nubes, sin embargo, el sistema político peruano es catatónico y las diferencias
sociales son, cada día más insoportables.
El
“chino” planifica, como ingeniero que es, los distintos escenarios que podría
enfrentar en su regreso al Perú. Chile ha tenido siempre conflictos con su
vecino del norte; la Corte Suprema de nuestro país tiene la tradición de ser
muy estricta para conceder las extradiciones, incluso, la negó cuando un
carnicero nazi fue solicitado por Alemania. El primer escenario sería “pasar
piola”, como dicen los jóvenes y, desde Chile, agitar su campaña; el segundo
escenario es tener un proceso de extradición en el cual la Corte limite las
acusaciones, presentadas por el Perú, a una o dos, sin mayor importancia; el
tercer escenario dice relación con que la Corte Suprema conceda la extradición,
pero el partido fujimorista logre la mayoría en el Congreso y anula su
interdicción ciudadana por diez años. Todos los escenarios están graduados, de
muy bueno, hasta el más malo y en cada uno se prevé formas de retirada.
Afortunadamente, la historia rompe toda planificación.
El viaje
del “chino” pasará a la historia de los record de la chambonada, aunque, si lo
miramos bien, no lo es tanto pues, ese día, por un efecto mágico, todas las
policías miraron para el lado; sólo un ovni puede saltar fronteras con tanta
facilidad: En esta nueva versión del “cuento del tío”, los japoneses dicen que
Fujimori Fujimori es equivalente a todos los Soto, en su país, por eso, ese
pequeño chino, a nadie le llamó la atención. Los norteamericanos se demoraron
tres días en constatar que el “chino” no pasó por su territorio; la policía de
Tijuana, México, no tenía caja chica para pagar la llamada de teléfono a Chile;
el detective chileno no tenía computador, ni se le ocurrió contactar a la
autoridad, para colmo, era domingo, y los ministros descansaban guatita al sol.
Es de muy mal gusto crear alarma
respecto a la incapacidad de INTERPOL ; sólo los majaderos pueden creer
que los narcotraficantes, los integristas musulmanes y los guerrilleros
latinoamericanos, pasarán con la misma facilidad que lo hizo Fujimori, los
rigurosos controles policiales. Es que el “chino” al igual que Daniel Lopez esta protegido por
la virgen del Carmen
El apoyo
con que aún cuenta Fujimori sólo puede explicarse por la existencia de los
borregos agradecidos por las miserables dádivas repartidas por el “chino”, del
asalto a la caja fiscal; por la desconfianza respecto a los partidos políticos
y a candidatos, anteriormente acusados de peculado, como Alán García y otros;
el fiasco del gobierno de Toledo, es decir, el divorcio entre la ética y la
política, es el charco de donde surgen estos cobardes tiranuelos.
