Una de las características más distintivas de la historia brasileña contemporánea es su carácter recurrente, sugiriendo una secuencia de farsas y tragedias, un perverso proceso circular que retarda el desarrollo en sus diversos planos, sea económico, político o social. No habrá sido por casualidad –ni mucho menos por capricho de los dioses– que hemos sido la única monarquía del continente, la última nación que se libró de la esclavitud y la última en instalar la República. Sin embargo, una República sin pueblo, sin voto, protectorado de la preeminencia de los militares y de la oligarquía rural que, con los ojos dirigidos a las bolsas de valores de Londres, comandaría el país, frustrando su desarrollo, hasta la revolución de 1930. A este movimiento cívico-militar le tocó fracturar la alianza entre paulistas y mineiros, productores de café y ganado, defensores de la economía agroexportadora, alejada de los intereses del país y, principalmente, de su pueblo.
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